[dropcap]M[/dropcap]uchas cosas nos cambian conforme pasan los años. Dejamos de sorprendernos, de divertirnos y de disfrutar. Los años nos ponen mano a mano con lo inmediato, nos equipan con una maleta que vamos llenando de madurez, y ahí vamos acumulando problemas, deberes, responsabilidades, seriedad y hasta amargura.
Si recordamos nuestra niñez podemos traer de vuelta escenas entrañables donde bastaba un “¿juego?” para poder integrarse a un grupo de escuincles que disfrutaban profundamente sus primeras patadas a una pelota. Nadie ponía peros. Era imposible -y lo sigue siendo- ver a un niño correr con cara de enojado. Todos dispersaban su energía y vitalidad con una sonrisa en el rostro. Se trataba de pasarla bien. No había envidias ni “mala vibra”.
Y es que un niño disfruta, vive, se sorprende, sonríe, hace las cosas porque le gustan y no juega por obligación. El lastre se construye con los años, con la crítica, la ausencia total de diversión y pasión por las cosas. Nos remitimos a lo obligatorio, lo indispensable y lo suficiente. Establecemos que ya estamos grandes para andar jugando, para reírnos como locos por cosas insignificantes y consideramos que tal vez no nos tomen en serio por ser así.
Pero si algo me parece de gran valor en la vida es alguien que se divierte como niño, que sonríe y disfruta las cosas así. Eso es enriquecedor para cualquiera. Porque ver las cosas de manera positiva nos coloca en una posición donde nos damos cuenta de que la “mala vibra” se contagia, de que si las cosas no pintan bien y nos ponemos negativos, menos saldrán.
Y entiendo que no es fácil. Tenemos que hacer un gran esfuerzo por olvidar todo lo aprendido; dicho de otra manera, tenemos que trabajar muy duro para recordar cómo eran las cosas cuando éramos niños. Sólo se trata de recordarlo, porque les aseguro que ya lo vivimos.

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