Estrenó entre nosotros Jack Reacher: sin regreso, una película de fórmula, y también Dulzura americana (American honey), que como buena indie, opera al contrario: no sigue ni tiene fórmula alguna. En la primera, la Reacher movie, la fórmula comienza con Tom Cruise mismo en el papel titular: un ex militar letal ya sin ataduras, convertido en un drifter cuasi-místico –solitario, silencioso y hosco– al que inopinadamente le aparece una “emproblemada” hija adolescente (que no sospechaba tener) a la que desde luego quiere proteger. Pero la vida no es así de sencilla, porque al mismo tiempo, Reacher, la joven (Danika Yarosh) y una oficial militar prófuga (Cobie Smulders) se ven inmersos en una intriga criminal que involucra la venta ilegal de armas a la insurgencia afgana, por parte de oficiales de alto rango del ejército gringo itself. Por su parte, Dulzura americana tiene que ver con Star (Sasha Lane), una adolescente sin perspectivas de futuro que, impulsivamente, decide unirse a un grupo de jóvenes dedicados a la venta de revistas por diversas ciudades norteamericanas. Será esta nueva gente, fiestear y convivir con todos ellos, el camino y los encuentros y desencuentros aparejados –todo sumado– lo que dará a Star (y a nosotros como espectadores) un nuevo panorama de lo que significa ser joven y vivir como tal en el EEUU contemporáneo, cuando no perteneces a las élites privilegiadas.

Jack Reacher: sin regreso está dirigida por Edward Zwick, alguna vez estimable por películas como Glory y Valor bajo fuego. Igual que su antecesora (Jack Reacher: bajo la mira), es una de esas cintas en que te queda la impresión de que el personaje es más atractivo que la película misma, a la cual lo que más le duele es la falta de backstory; es decir, información sobre eventos previos que de alguna manera explican (o justifican, al menos) lo que sucede en pantalla. Concluyendo, Jack Reacher: sin regreso es, de manera acotada, un entretenimiento, al que no le faltan los elementos tradicionales del caso: acción, intriga, villano(s) poderoso(s) y, eventualmente, una chica acompañante –en este caso dos– que al mismo tiempo que es frágil y depende del “héroe”, tiene también lo suficiente para incidir y hacerse parte importante de la trama en momentos definitorios. Eso es la película de Zwick: ni más, ni menos. Y si además eres fan de Tom Cruise, tienes la tarde hecha.

En cuanto a Dulzura americana, de Andrea Arnold, tiene muchas virtudes, pero también sus problemas, que no le impidieron llevarse en Cannes el Premio del Jurado y una mención especial del Jurado Ecuménico, cuyo razonamiento la encontró una road movie de ojeada amorosa a una juventud olvidada de fuerza interior y dignidad, a través de un viaje triple: el grupal, el de la riqueza a la pobreza y el viaje íntimo de los protagonistas, Star y Jake, que no han perdido su habilidad de soñar y de transformarse a sí mismos”. Estoy de acuerdo en lo nuclear de esas palabras, pero también encuentro en ellas una visión demasiado romántica. Ahora bien: si aceptamos lo anterior como sus virtudes, también es cierto que Dulzura americana –una cinta “diferente”, cual suele ser cualquier indie que se precie– peca de una duración excesiva (163 minutos), de un recurso narrativo reiterativo (las largas y frecuentes escenas al interior del camión del sales crew) y, en especial, de la falta de una historia robusta que sostenga el interés de la audiencia. Pero además, ni Star (Sasha Lane) ni Jake (Shia LaBeouf) son personajes genuinamente empáticos, ni en su perfil ni en sus acciones y decisiones, lo que –sumado a todo lo anterior– hace a Dulzura americana una película sólo semi-lograda y, por ende, no del todo convincente. Eso sí, loas a Andrea Arnold por jugársela con sus personajes, por aceptar y asumir todos los riesgos, y por entregarnos una visión fresca, sin clichés ni (pre)juicios, de una vertiente de lo que es enfrentar la vida cuando, siendo joven, las apuestas están en tu contra. No tan dulce, pues, la Dulzura americana.  

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