Sonia Braga está de regreso en las pantallas mexicanas a través de Aquarius, segundo largometraje de ficción de Kleber Mendonca Filho. En ella interpreta –con majestuosidad– a Clara, sexagenaria a la que un poderoso grupo de desarrolladores quiere forzar a que venda su apartamento de toda la vida, último del condominio Aquarius que permanece habitado, frente a la playa de Boa Viagem, en Recife, Pernambuco, Brasil. Como Clara se niega a vender (porque tus espacios serán siempre parte de tu vida), la constructora empieza a jugarle sucio; como si nada, casualmente, por goteo. Así, hasta que Clara se entera de algo mayor, mucho mayor. Algo a lo que esta viuda sobreviviente de cáncer tiene que responder, ya en plan de quemar sus naves para matar o morir. Justo cuando decide (según sus propias palabras) que esta vez no será la víctima, sino la protagonista de un nuevo cáncer para alguien más: para esos inescrupulosos, ricos sin decencia, que sin saberlo han lastimado a la mujer equivocada.

Aquarius, que se toma su tiempo (146 minutos), es una espléndida película sobre principios y dignidad, en tiempos en que el poder y la plata confabulan para transitar justo a contracorriente. También es un film sobre valorar lo que se tiene en términos distintos a los del dinero; porque eso traduce en entender lo que tienes también como parte de lo que vives, de lo que sabes, de lo que quieres. Poseer no como fin, sino como esencia y circunstancia de lo que eres. Todo eso defiende –y representa– Clara en la película, quien además, a lo largo de su viaje en ella, recuerda y revisita momentos de su vida, coyunturas, eventos, que (más y menos) la definieron y son los que, en su presente, la tienen así y aquí. Una Clara valerosa (a ratos temeraria) que al confrontarse no sólo lo hace por sus derechos, sino al mismo tiempo, en un rango mayor, por recuperar el valor infinito de la gente, siempre superior al del poder y la avaricia. Es esto –así como el sutil pero evidente tono político– lo que permite a Aquarius trascender el melodrama, para hacerse un drama cuya sinceridad y sabiduría lo tornan imprescindible. Ojalá que al menos alcance una segunda semana en cartelera.

En cuanto a la extraordinaria Sonia Braga, un párrafo más; recordemos algunas cosas de ella. Desde el ya lejano 1976 nos impactó a todos en el rol titular de Doña Flor y sus dos maridos, de Bruno Barreto; y en 1983 fue lo mejor de Gabriela: clavo y canela, no poca cosa tomando en cuenta que su alternante fue Marcello Mastroianni. Dos años después estuvo en El beso de la mujer araña –adaptación de la novela de Manuel Puig– y a partir de ahí Hollywood resultó inevitable. Tras algunas películas medianas, que no disminuyeron su status de sex-simbol de los 80s y 90s, tuvo mucho trabajo en la televisión norteamericana, si bien hizo en Brasil Tieta de Agreste (1996), basada –como Gabriela: clavo y canela— en una novela de Jorge Amado. El rol de Clara en Aquarius es sin duda uno de los dos o tres mejores de su carrera; un trabajo que hasta ahora le ha significado los reconocimientos siguientes: mejor actriz, Festival Internacional de Biarritz; mejor actriz, Premios Sociedad Cinéfila Internacional; mejor actriz, Festival de Cine Latinoamericano de Lima; mejor actriz, Festival de Mar del Plata; mejor actriz, Premios Fénix; mejor actriz, Premios de la Sociedad de Críticos de San Diego. Desde luego que Braga no es lo único en Aquarius, pero sí uno de sus atractivos principales, en especial porque sobre sus hombros descansa casi toda la película, que por cierto está segmentada en tres capítulos: El pelo de Clara (el más breve, en el que Sonia aparece sólo apenas), El amor de Clara y El cáncer de Clara. Supongo que la suma de los tres da como resultado, más o menos, el título de esta columna: la valentía de Clara, entregada con fiereza, elegancia y total dignidad por esa otra guerrera inderrotable: Sonia Braga.

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