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Dos urgencias: Encerrarse, reencontrarse

Más allá de que la película tenga una evidente intención metafórica, hay mucho en Maquinaria Panamericana, de producción nacional, que no estoy viendo, a juzgar por los diversos premios que ha obtenido en festivales importantes. Así pues, poco elaboro sobre ella, dirigida (su ópera prima) por Joaquín del Paso. Tiene que ver con un grupo de trabajadores –justo de la empresa Maquinaria Panamericana— cuya rutina de años (décadas) se hace añicos, cuando el dueño aparece muerto. Y ahora, ¿quién va a pagarles sus sueldos, las prestaciones, sus jubilaciones? O tal vez el verdadero problema sea este otro: ¿qué van a hacer ahora, si lo único que “dominan” es trabajar para Maquinaria Panamericana? Sí; sólo eso, en ese horario, en esas instalaciones, con esos compañeros específicos. Entonces, les parece, lo mejor es encerrarse ahí, en el micro-universo que conocen (único que los hace sentir seguros), entre sus semejantes cotidianos, con el término “semejantes” literalmente asumido. Hacer eso, ¿hasta cuándo, para qué? Ninguno lo sabe; o la respuesta acaso es “hasta componerse las cosas” –así, por decreto– en el contexto de un país en el que justo cada vez son menos las respuestas nacidas de decisiones responsables, y muchísimas más, en infames –nebulosas– promesas “por decreto”.

Lo anterior, no hay duda, revela un planteamiento interesante, pero en su “aterrizaje” al director del Paso le es esquivo el pulso de los eventos, diluyéndose poco a poco en el absurdo (pretendido a ratos, en otros no) lo ofrecido por un primer acto promisorio. Es a partir de eso que pierden justificación las decisiones de la fauna de la película; dejan de ser “convicciones” (forzadas) para tornarse más bien extravíos, entre los que –por ejemplo– destaca esa delirante fiesta nocturna a la que ya ni el carácter de metáfora le ajusta. Pero vuelvo a lo dicho al principio: aunque su tono no está claro (su intención, sí), Maquinaria Panamericana ha tenido un muy exitoso tour de festivales y qué bueno por ella. Ganó en los festivales de Guadalajara (el premio Mezcal y el de la FIPRESCI), Durango (premio del público y mención especial del jurado), Guanajuato (premio del Festival), Monterrey (premio del público), Villa de Leyva (premio del Festival) y Torino (mención especial). No poca cosa, lo que obliga al cinéfilo a considerar la película como una seria opción a revisar.

En cuanto a Hombre de familia (A family man), de Mark Williams, decir que es uno de esos films que inevitablemente te dejan lecciones. En ella, el despiadado “head-hunter” Dane Jensen (Gerard Butler), que vive totalmente absorto en su trabajo –lo cual mucho resiente su esposa Elise (Gretchen Mol)– de la noche a la mañana enfrenta la brutal revelación de que su hijo de 11 años tiene leucemia. Asustado, confundido, presionado además por la necesidad de competir por un ascenso laboral, a Dane le cuesta al principio ordenar sus prioridades; pero la dura situación muy pronto se lo deja claro: necesita regresar a ser un hombre de familia. El de Mark Williams es un buen ejemplo de esa aseveración académica que afirma que “todo film es una construcción”. Tiene un comienzo relativamente rutinario, con un protagonista promedio (incluso cuestionable en cuanto a cierta amoralidad) y da pistas de que será una película más sobre el despiadado mundo de la competencia corporativa. Pero ahí se origina la gradual metamorfosis (y la construcción mencionada): la cinta revela su verdadero foco, de valor más hondo; el personaje se reencuentra y redefine; se hacen evidentes los vínculos de los sucesos con el espectador y, venturosamente, sale airosa de los latentes riesgos sentimentales –cuando exacerbados– de asuntos como este. Así, Hombre de familia adquiere una relevancia mayor a la de su expectativa. Y como dije, le alcanza para dejar lecciones: en especial sobre la fragilidad humana y sobre la necesidad de distinguir lo que es esencial (la familia, casi siempre).

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Alfredo Naime

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