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Acuérdate de Abril, recuerda…

Esta semana, la grata noticia fue el estreno de cuatro películas mexicanas –dos de ficción y dos documentales– lo cual no suele darse. Ahora habrá que esperar cómo les va de público y si llegan (al menos) a tercera semana de exhibición. Ojalá así sea. Las películas en cuestión son Las hijas de Abril, de Michel Franco; Plaza de la soledad, de Maya Goded; El hombre que vio demasiado, de Trisha Ziff; y Fausto, de José Julián Vázquez. Las chicas hicieron los documentales, los varones las ficciones. Ahora mismo, Las hijas de abril es la que acapara los reflectores, por traerse del Festival de Cannes, hace sólo unos días, el Premio Especial del Jurado de la sección Una cierta mirada, lo que pone a Michel Franco como el realizador mexicano con más premios en Cannes, al sumar este galardón a los de Después de Lucía (Premio del Jurado de Una cierta mirada) y Chronic (Mejor Guion). A su vez, Plaza de la soledad recogió el Premio Especial del Jurado a Documental en el Festival de La Habana y El hombre que vio demasiado ganó dos Arieles (Mejor Documental y Mejor Música). Por su parte, el recorrido de Fausto recién inicia, así que habrá que esperar las reacciones que vaya generando em público y crítica.

Las hijas de Abril bien pudo llamarse Abril y sus hijas, porque a fin de cuentas es Abril (la española Emma Suárez) el núcleo de los eventos, que se perfilan del modo siguiente: Valeria (Ana Valeria Becerril), de 17 años, y Clara (Joanna Larequi), su media-hermana mayor, viven en una casa de playa en Puerto Vallarta, Valeria está embarazada y no ha querido que Abril, madre de ambas, se entere. El futuro papá, Mateo (Enrique Arrizon), es también un adolescente. Pero sí, finalmente Abril llega en auxilio de su hija (de ambas hijas, de hecho) con actitud maternal de cariñosa comprensión. Cuando su nieta nace, Abril se hace cargo casi de inmediato: decidiendo, corrigiendo, sustituyendo; poco a poco, apropiándose. Consecuentemente, la ruptura con Valeria sobreviene, con la bebé como centro de la tensión. Pero esto es apenas una arista de algo mayor; a partir de ahí Las hijas de Abril diversifica sus rumbos, nacidos de giros cada vez menos plausibles. Tanto, que en su 3er acto se convierte prácticamente en otra película, con sus personajes que aparecen y desaparecen, que sorpresivamente cobran fuerza o se diluyen, en un contexto más y más bizarro. Ello, porque mamá no necesariamente es como la pintan; pero también porque el director se engolosina un poco con las nuevas “posibilidades”.

Las hijas de Abril –cual distingue a Michel Franco– tiene una mirada distante sobre los eventos y no hace juicios sobre sus personajes. Eso en automático hace que uno los sienta a la deriva; incluso a Abril, a despecho de su liderazgo convencido y eventualmente inescrupuloso. En lo dramático, la película se hace turbia, o revuelta al menos, en su tramo final, lo que hace pensar en algún tipo de resolución que finalmente no llega. Sumado, lo anterior no beneficia a la cinta, que sin embargo no deja de ser absorbente. Como retrato de personajes (de al menos dos de ellos), el ejercicio pierde rigor por seguir una serie de eventos que se perciben cada vez menos “naturales” si comparados con el rango al que Michel Franco nos ha acostumbrado. Pero después, al final del día, ya todo queda en la sensibilidad del espectador: si gusta o no de este “tipo” de cine –personal, austero, alejado de lo comercial– y qué tanto entiende sus encrucijadas como rasgos de seres contradictorios y no como resultado de eventos caprichosos. Porque más allá de su relativa inconsistencia, Las hijas de Abril mantiene las apuestas formales y estilísticas de Franco: personajes lastimados o a punto de estarlo, observados con una perenne frialdad, cuyas vidas marchan o giran en razón de momentos definitorios traumáticos, todo narrado desde un minimalismo formal que casi nunca se rebasa a sí mismo. Así lo constató una espectadora, que gritó ¡¡Cómo creees…!! cuando la película cortó a créditos finales.

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Alfredo Naime

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