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El mundo convulso, el cosmos armónico

La película de moda es Dunkirk, de Christopher Nolan, que técnicamente es una maravilla, pero no sólo eso: también rebosa corazón –que creo es lo más importante– al ilustrar una verdadera epopeya de fraternidad, en la que milicia y civiles (en una especie de rol inverso) escribieron un entrañable capítulo de la historia moderna. Ubicada durante la 2ª Guerra Mundial en las costas francesas epónimas, Dunkirk, cual lo comenté hace tres semanas, nos narra el cerco sufrido por soldados aliados (mayoritariamente ingleses, franceses y belgas) y su milagroso rescate después de nueve angustiosos días, en mayo-junio de 1940. En la estructura narrativa –compleja, al estilo de Nolan– juega un papel nuclear el tiempo: una semana, en el caso de los soldados acorralados en las playas; un día, para los protagonistas de los eventos que van dándose en el mar; y más o menos una hora (en función del combustible restante) para quienes vienen combatiendo en vuelo. Es la suma y sinergia de estas tres perspectivas la que ofrece el resultado de lo que es Dunkirk: un emotivo, emocionante y focalizado film sobre aquel pasaje de la historia cuando 400 mil hombres no pudieron llegar a su hogar, pero su hogar vino por ellos, según su tagline.

Hay respecto de Dunkirk algunos datos de producción que, por reveladores, son interesantísimos. Echó mano de 1500 extras, de destroyers navales e incluso de un avión de combate Spitfire, sin apelar a recreaciones generadas por computadora. Se asegura que en ciertos momentos del rodaje hubo más de 60 barcos en el agua y –por todas partes– “perfiles” recortados en cartulina, de soldados y armamento, que ubicados en la lejanía dan una impactante idea de multitud y poder. Christopher Nolan filmó Dunkirk combinando las calidades (y cualidades) de los formatos IMAX y Super-Panavision (70 y 65mm), reafirmando su preferencia por el material químico sobre la imagen digital. Pero más allá de eso (nada trivial), lo esencial es comprender la relevancia de la evacuación y rescate de los soldados atrapados en Dunkirk, marcado por muchos como una victoria moral que inyectó el patriotismo británico, y el de los aliados, de una nueva ilusión vital. En Dunkirk actúan Tom Hardy (con el rostro casi siempre cubierto), Cillian Murphy, Kenneth Branagh y Mark Rylance, entre los nombres más conocidos; pero igual sostienen roles importantes actores jóvenes, que nos resultan poco familiares, como Fionn Whitehead (Tommy) –en su debut, de hecho– y Aneurin Barnard (Gibson).

Por otra parte, hay que correr a ver Paterson, de Jim Jarmusch, con Adam Driver en el rol titular: el de un chofer de autobús urbano, que gasta su tiempo entre su trabajo, su esposa (que cada día tiene un nuevo sueño o iniciativa), pasear a su perro, tomarse una sola cerveza en el mismo bar y…escribir poesía. Lo mismo todos los días, en la dulce rutina de un tipo dulce que no siente esa rutina como asfixia, sino como certidumbre y reafirmación. ¿Eso da para una película? ¿Dónde están el conflicto, la tensión, la lucha de los personajes? Están ahí, vestidos de cotidianidad, enmascarados de pequeñas variantes y sustentados en algo que ya es casi imposible de creer: la convicción de que el ser humano es esencialmente bueno. Pueblo y personaje se llaman igual, porque en efecto, la historia transcurre (¿discurre?) en Paterson, New Jersey, donde Paterson vive, trabaja, socializa, reflexiona y escribe. Su poesía –escrita para él– es sobre pequeñas cosas y detalles menores o aparentemente insignificantes; una cajita de cerillos, por ejemplo. Pero esas líneas de tinta sobre su libreta (secreta, personal) le significan a Paterson un abanico de confirmaciones, pensadas con balsámica tibieza. Es así que, mientras vemos Paterson, los cinéfilos nos preguntamos: ¿cuándo va a romperse esta armonía? ¿en qué momento estalla todo, para devolvernos al mundo cruel, violento? Y en efecto, pasa algo… Confío en que al leerse estas líneas Paterson siga en cartelera, porque se trata de una pequeña gema.

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Alfredo Naime

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