El resorte argumental de Pequeña gran vida (Downsizing) en verdad es original. Como el planeta agota sus recursos fatal e irremediablemente, la investigación científica descubre un camino: reducir de tamaño a la población (a quienes así lo soliciten), porque así comida, agua, oxígeno, energía –todas las necesidades sustantivas para la vida– bajan para ellos a su mínima expresión. Y es que personas de 12 cms. no gastan ni consumen lo que aquellas cuya estatura y volumen es decenas de veces mayor. Además, hay un robusto incentivo adicional para quienes deciden aceptar la nueva forma de vida: sus patrimonios se incrementan en más de mil veces. Es decir y como ejemplo: 154,000 dólares –ahorros de toda una vida– ya como “pequeño” equivalen a más/menos a 17 millones de verdes. Y sí, las comunidades “especiales” son espectaculares (se llama Leisureland la mejor de todas): son hermosas, limpias, seguras, sustentables; verdaderos paraísos. Pero hay que pensarlo bien, porque el procedimiento de reducción es irreversible, sin marcha atrás. Medirás cinco pulgadas o menos (con la masa corporal proporcional) por el resto de tus días. ¿Quién quiere pues –quién se anima– a una nueva, excitante, pequeña gran vida?

Alexander Payne, su director, insiste de nuevo en el tono de sátira social en Pequeña gran vida. Es mayor esta vez, pero sin excesos que trivialicen o desvíen su propuesta hacia lo fársico. Su película es para pensar, porque (¿qué creen?) también entre los pequeños hay límites, clases, prejuicios raciales; suburbios alejados, para que los vivan los pobres y desposeídos. La reinante es una sociedad en la que –apenas botón de muestra– también son latinos los que limpian las mansiones de los ricos. Y claro, el activismo consecuencia de las desigualdades sociales es reprimido. Así, adivinas la intención profunda de Payne: el bienestar no es tanto una cuestión de “tamaño” o de ecosistemas novedosos, sino de normas de convivencia genuinamente humanas, nacidas del respeto por el otro, por los demás. Y es justo eso lo que hace dual a la película: terminado su primer acto, deja de ser una fantasía satírica para convertirse en un film político. Para bien, en cuanto a intención, y para mal (un poco) en cuanto a que renuncia al corrosivo ácido inicial para ceñirse al apunte social formal. Pequeña gran vida vale la pena, pero quizá debió quedarse en el plan original: la fantasía satírica. Porque al bifurcarse, ni explotó esta vertiente hasta sus últimas consecuencias (era dinamita pura), ni hubo ya suficiente fuerza y tiempo para dar hondura, relevancia mayor, a la mirada sobre esos temas que siguen sin cambiar y verdaderamente preocupan. De todos modos, cualquier película de Alexander Payne (Entre copas, Nebraska) es siempre o superlativa o, al menos, de tener en cuenta. 

En otro orden de ideas, el sitio tasteofcinema.com recién hizo pública una lista de las 10 mejores películas extranjeras del 2017. No tiene desperdicio; ojalá todas ellas lleguen a nuestras salas, lo más pronto posible. De la 10 a la 1, son las siguientes: Primero mataron a mi padre (Camboya; Dir. Angelina Jolie); El otro lado de la esperanza (Finlandia; Aki Kaurismaki); Una mujer fantástica (Chile; Sebastián Lelio); Verano 1993 (España; Carla Simón); Sola de noche en la playa (Corea del Sur; Sang-soo Hong); Thelma (Noruega; Joachim Trier); Fantasmas del pasado (Francia; Olivier Assayas); Llámame por tu nombre (Italia; Luca Guadagnino); Sin amor (Rusia; Andrey Zvyagintsev), y En la penumbra (Alemania; Fatih Akin). En Puebla y la región sólo En la penumbra ha tenido estreno comercial, y ya es inminente el de Llámame por tu nombre. Sólo una cinta latinoamericana en la lista –la de Lelio– además de la fresca presencia en ella de títulos de Camboya y Corea del Sur (más allá de que la película camboyana la dirija Angelina Jolie). Aunque la aspiración es verlas todas, justo son Primero mataron a mi padre y Sola de noche en la playa, igual que Sin amor, las que a mí más se me antojan. A ver qué llega.

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