Con el comentario a cuatro films más –para sumar once– concluyo hoy el balance de lo que vi en el 33 Festival de Cine en Guadalajara (FICG), como miembro del Jurado del premio FEISAL, otorgado cada año por la Federación de Escuelas de la Imagen y el Sonido de América Latina. En la entrega pasada juzgué La incertidumbre (México), Un traductor (Cuba), Lo mejor que puedes hacer con tu vida (México-Alemania), Wiñaypacha (Eternidad; Perú), Ciudades fantasmas (Brasil), Donde se quedan las cosas (México) y Robar a Rodin (Chile). En esta columna, toca el turno a…    

El espanto (Argentina), de Pablo Aparo y Martín Benchimol. El villorrio argentino de El Dorado no requiere de médicos pues abundan los sanadores. Curan todo excepto espanto, rara enfermedad que sólo ataca a mujeres y de la que nadie quiere hablar, como tampoco de Jorge, el solitario anciano a quien no se acercan pero todos reconocen como el único que puede sanarla. Fresco documental, plagado de personajes sencillos, pintorescos, entrañables, que penosamente no se resuelve a sí mismo, dejando truncos tanto su “misterio” como sus diversas posibilidades.

¿Dónde estás? (México-Costa Rica), de Maricarmen Merino Mora. Documental en el que la directora revisita los recuerdos propios y de familia sobre su fallecido padre, el líder izquierdista costarricense José Merino. Uno de esos films personales, más bien privados –y por ende, demasiado particulares– necesarios para resolver asignaturas pendientes de sus autores, pero que no alcanzan con la misma fuerza a las audiencias.

Aqualocos (Brasil), de Víctor Ribeiro. En los años 60, 70 y 80, Brasil y otros países enloquecieron con una troupé de temerarios payasos acuáticos, admirados por sus rutinas y saltos (en piscinas) cada vez más peligrosos. El documental de Ribeiro –divertido y amable, pero también emotivo y resonante– es un homenaje tanto a este grupo de locos que se hicieron “familia”, como a la vocación de entretener, aunque para hacerlo debas jugarte la vida. Seguramente de lo más luminoso visto en el 33 FICG.

Restos de viento (México), de Jimena Montemayor. Ausente el esposo y padre, una mujer y sus dos hijos pequeños transitan por su cotidianidad en cierta forma desconectados del mundo que les rodea, deambulando entre su realidad y eso que sienten y desean. Película a la que se le notan sus búsquedas e intención –que asume riesgos, incluso– pero que al final no consigue involucrar al espectador en su drama, que hasta recurre a algún elemento de fantasía infantil. El mapa ahí está; el viaje, no tanto.

En cuanto a lo premiado por nuestro jurado –Juan Mora Cattlet, del CUEC-UNAM; Carlos Torrico, del DIS-Universidad de Guadalajara, y yo, representando a la Licenciatura en Cine-UPAEP– el Premio FEISAL fue para Wiñaypacha, por tratarse de una “película emotiva, triste, incluso angustiosa –hermosísima– sobre subsistir, sin reclamos mayores, en total armonía con las raíces ancestrales: familia, religión, naturaleza y tradiciones”. Así también, otorgamos dos menciones especiales: a Robar a Rodin, “inteligente retrato de un joven artista plástico, que combina el misterio, la historia y un cuestionamiento a la visión del arte como fenómeno social”; y a Aqualocos, justo por lo arriba expuesto: “por ser un documental divertido y amable, pero también emotivo y resonante, en homenaje tanto al grupo de ‘locos’ que se hizo familia, como a la vocación de entretener”.

Finalmente, menciono que Wiñaypacha no sólo obtuvo el Premio FEISAL en el 33 FICG, sino dos reconocimientos más: mejor ópera prima y mejor fotografía. Por lo demás y como siempre, el FICG resultó atractivo, diverso –en general muy grato– pero también, inevitablemente, algo caótico, porque siempre somos ya demasiados los que asistimos. Pero ves cine a diario y a todas horas; así que lo bailado, nadie te lo quita.

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