El pasado fin de semana me acerqué a dos películas muy diferentes que, entre ellas, suman tres mundos. En Ready player one: comienza el juego, de Steven Spielberg, están el mundo real –muy desairado y paliducho– y ese otro de realidad virtual, paradisiaco, conocido como OASIS (siglas de Ontologically Anthropocentric Sensory Immersive Simulation), en el que “los únicos límites los marca tu imaginación”. Y en La 4ª Compañía, mexicana por cierto, de Mitzi Vanessa Arreola y Amir Galván Cervera, está el mundo carcelario nacional –el de los años 70s, pero que poco ha cambiado– que en realidad es compendio de otros estadios o rasgos de mundo: los de la corrupción, la violencia, la impunidad y el abuso de poder (tanto así que el tagline de la película es En donde no hay ley, ellos hacen las reglas). La cinta de Spielberg costó 175 millones de dólares; la de Arreola y Galván, unas cien veces menos. Pero hablo de costo, no de valor.

A estas alturas, ya todos saben de qué trata Ready player one: comienza el juego: transcurre en 2045 e involucra a un par de jóvenes (con tres amigos, en medio de villanos) que intentan resolver un intrincado reto virtual –dentro de OASIS, por supuesto– tanto para convertirse en los dueños de OASIS como para cambiar la artificiosa y por ende frágil situación social imperante, que en efecto está convertida en un absorbente videojuego de escala natural. Desde luego, poderosos Corporativos sin escrúpulos (como IOI, Innovative Online Industries) eliminarán a quien sea necesario para adueñarse del billonario emporio y utilizarlo en su beneficio. Ready player one: comienza el juego es visualmente alucinante, pero larga en exceso (160 minutos). Además, son pocos sus momentos de respiro, cual si algún espíritu frenético se los hubiese prohibido. Pero seguro que nada de lo anterior molesta a quienes son fans recalcitrantes de los videojuegos. Los demás, los cinéfilos que no lo somos, acaso echamos de menos algo que en el cine de Spielberg no había faltado: una dosis de humanidad más inserta, más profunda y más definitiva en el cuerpo del argumento. Esta vez no está –o muy apenas– porque el solo parlamento de “no existe nada más real que la realidad” (o algo así) simplemente no alcanza. En todo caso, una película de Steven Spielberg siempre es atractiva, pero no será esta de las primeras que uno recuerde de él al construir su semblanza.

En cuanto a La 4ª Compañía, es una muy buena película: directa, absorbente y que no da concesiones. Ahora que por fin se la puede ver, uno entiende por qué obtuvo 21 nominaciones al Ariel (!), de las que recogió 10 estatuillas incluyendo el Ariel de Oro a mejor película. Basada en hechos reales, se ubica en los 70s, en los tristes días de Arturo Durazo (el Negro) como jefe de la policía del Distrito Federal. Su punto de partida es la existencia del equipo de futbol americano “Los Perros” en el penal de Santa Martha Acatitla: un colectivo de élite, integrado por reclusos, que ganaban partidos en las ligas organizadas de dicho deporte, pero que también, por las noches –con el permiso y control correspondientes– asolaban a la Ciudad de México en robos de todo tipo. Las millonarias ganancias, por cierto, no eran para ellos, sino para el inefable Durazo y sus subordinados a cargo del penal. Esta historia negra, viciada, de corrupción y abusos, llega a las pantallas del país cuatro décadas después. La 4ª Compañía es en muchos sentidos un film doloroso, pero con muchas luces en cuanto a concepto y realización. Luces que se abrillantan más aún en medio de tanta farsa insulsa (la cuestionable tendencia vigente) como hoy produce el cine doméstico. Pero como siempre, una sola película –en este caso La 4ª Compañía— es capaz de reconciliarnos con el cine nuestro de cada día, a despecho de decenas de “ocurrencias” filmadas que poco y nada tienen que ver con lo que sí somos y queremos. Ojalá sea mucho el público que alcance a ver este digno esfuerzo.

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