Tuve ocasión de ver el documental nominado al Oscar Rostros y lugares (Visages, villages) de Agnes Varda –la llamada abuela de la Nueva Ola Francesa– proyecto co-dirigido por JR, fotógrafo e instalador con breve experiencia como cineasta. El film se compone de ambos, Varda y JR, recorriendo Francia para encontrar justo “rostros y lugares” –es decir, gente en medio de sus comunidades y recuerdos– para retratarlos y adornar con esas fotografías (¡en tamaño monumental!) sus casas, sus fachadas, sus espacios, su hábitat todo. ¿En razón de qué? Como una manera de “rescatar” a esas personas, de alegrarlas, de que vuelvan a florecer. Rostros y lugares es un trabajo hermosísimo, entrañable, juguetón y divertido, que en el camino incorpora muchas lecciones. Por ejemplo (acotado por Jordan Hoffman, de The Guardian), que uno no necesita ser una persona torturada ni resentida para crear arte grandioso (Varda, casi ya nonagenaria, es la prueba viviente). También, una suerte de Manifiesto, la urgencia de recuperar a la felicidad compartida al menos como posibilidad (según Clayton Dillard en Slant Magazine), desde un film “que le habla a una particular mentalidad cultural que teje arte en la tela de la vida pública” (Alissa Wilkinson en Vox). Doble contra sencillo a que nadie que vea Rostros y lugares saldrá defraudado de la sala de cine.

Pero si se anda en busca de una comedia de situaciones –de tonalidades negras— la mejor alternativa es Noche de juegos (Game night), de John Francis Daley y Jonathan Goldstein, muy bien actuada por Rachel McAdams, Jason Bateman y el resto del reparto. En ella, un grupo de parejas y amigos, acostumbrados a reunirse para competir en juegos de mesa, se enfrascan en una nueva modalidad: jugar un secuestro de carne y hueso, en vivo, cual si fuese totalmente real…¿o lo es? Muy bien escrita y asumida, vertiginosa, con personajes y diálogos memorables, Noche de juegos es tan divertida y ocurrente que le perdonas casi por completo su escasísima “probabilidad” en vez de descartarla por eso. Además, la química entre McAdams y Bateman es muy alta, lo que hace que todo fluya con más naturalidad y gracia, Por cierto: a) ojo con Gary el policía (encarnado por Jesse Plemons), un personaje genial que limpiamente se roba las escenas en las que aparece; y b) quédense en la sala de cine hasta el final de los créditos; ya verán por qué.

Por su parte, la cinta rusa Sin amor, de Andrey Zvyagintsev, es una película importante, ganadora entre otras cosas del Premio del Jurado en el Festival de Cannes, del César francés y del premio a mejor film del Festival de Londres. Un drama de familia, tiene que ver con el proceso de separación –amargo, rencoroso– de Zhenya y Boris (Maryana Spivak y Aleksey Rozin), padres de Alyosha, su hijo único de tan sólo 12 años, cuya custodia ninguno de los mencionados anhela. Concentrados en sí mismos y ya con nuevas parejas, los padres caen en la cuenta de la desaparición del niño hasta dos días después. ¿En dónde está Alyosha, tan frágil, solitario e introvertido como es? ¿Será sólo un desplante de rebeldía ante la situación familiar? En muchas formas (más allá de ser muy triste, dolorosa), Sin amor es un film sobre el sufrimiento nacido desde dentro; es decir, desde ese núcleo, la familia, que debiera ser en cambio, siempre, fuente de amor, apoyo y seguridad. En el caso de Alyosha –no el único, pero quien principalmente sufre– un sufrimiento exacerbado por su edad y por la indiferencia circundante. En fin, una obra superlativa (ya dije que no agradable) que a la fecha presume 17 premios internacionales. Su tagline: Un niño desaparecido, un matrimonio destruido, un país en crisis. Imprescindible.

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