Raro es recibir por estos lares una película marroquí, cual es el caso de Crimen en El Cairo (The Nile Hilton incident), si bien coproducida con capitales suecos, daneses, alemanes y franceses. La dirige Tarik Saleh –nacido en Suecia, de ascendencia árabe– y es un film noir de tonos trágicos, que aprovecha muy bien los espacios de una urbe sórdida y la corrupción de su policía, en el intenso marco político de la primavera árabe capítulo Egipto. Su punto de partida es el asesinato de una prostituta en el hotel del título, cuyo testigo único es una de las recamareras. La investigación se asigna al Comandante Noredin (Fares Fares), corrupto como los demás y protegido por su tío, de alta jerarquía entre los jefes policiacos. En apariencia será un caso de rutina, pero las evidencias pronto escalan hasta las más altas esferas de los poderosos, lo mismo empresarios que políticos. De ahí detona una espiral de intrigas y traiciones que sacuden a prácticamente todos los involucrados, mientras el país se debate entre las protestas al régimen de Hosni Mubarak y las cruentas represiones consecuentes. Todo esto a lo largo de tres alucinantes semanas de enero del 2011.

Crimen en El Cairo –ganadora del Festival de Valladolid y del Gran Premio del Jurado en Sundance, entre otros reconocimientos– es una película absorbente, realizada no sólo con nervio narrativo sino también con evidente compromiso político. Funciona muy bien en ambos estamentos y la sinergia resultante termina por acomodarse sin dificultad. Sus personajes (los más y los menos inocentes) son todos antihéroes, que sólo actúan por dinero, que fuman siempre y que, como no persiguen redención alguna, de nuevo estiran la mano para un soborno –o para despojar a alguien– antes de volverse a poner un cigarrillo en la boca. Así, la impresión es que lo poco en el film parecido a la decencia llega demasiado tarde. Un verdadero noir pues –incluso en ciertas “obscuridades” para descifrarlo– que encuentra más resonancia aún en el escenario político de un trasfondo histórico reconocible, que justo lo conduce a esta definición de rasgos trágicos, de callejón sin salida, cuya única esperanza radica precisamente en la denuncia misma. Sin duda, una estupenda opción para cumplir con ese rito que es “el cine nuestro de cada día”.

Y ese —Cada día— es el título de la otra cinta que hoy quiero comentar, dirigida por Michael Sucsy y estelarizada por Angourie Rice a sus apenas 17 años. Es un melodrama romántico de punto de partida inquietante: la posibilidad de conocer –y genuinamente enamorarte– de alguien a quien de hecho (o en apariencia) no “conoces”, dado que cada día amanece en un cuerpo distinto, consecuentemente inmerso en la identidad y realidad cotidiana de ese nuevo “envase”, sólo vigente 24 horas. Tal es el caso de Rhiannon (Rice), quien una vez convencida de que en efecto es algo real lo que le está pasando, se consagra a encontrar y “seguir”, cada nuevo día, al diferente ser en que su amado (¿o amada?) está convertido. Resulta por algunos días, pero pronto se hacen evidentes las encrucijadas: así, ¿cómo nutrir un presente? ¿cómo construir un futuro?

Cada día encuentra la habilidad para desarrollar esta situación sobrenatural de una forma que no pone en riesgo la permanencia de la audiencia en la sala, o que esa audiencia la descarte en automático. Desde luego, su percepción de “normalidad” no surge de la situación misma, sino de la convicción con que la asume su protagonista y cómo transmite eso a quienes vemos la cinta. Ahí está el real encanto de Cada día: en interpretar y entregar su fantasía más con admiración que con pasmo –con mucho de candor y poco o nada de ingenuidad– a un público por ende dispuesto a aceptar sin reparos su descabellado núcleo, que la película ni siquiera intenta justificar, desde un guion al que, por ingenioso, le perdonas sus ligerezas. No es una película grandiosa, pero tampoco pequeña en corazón.        

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