Medio “de chiripa” tuve la oportunidad de ver el documental Dirtbag: la leyenda de Fred Beckey, de Dave O’Leske, acerca del asombroso escalador del título, quien comenzó a trepar picos y montañas en su temprana adolescencia (muchas veces, logrando primeros ascensos) y que no paró de hacerlo prácticamente hasta su muerte, ya nonagenario. Pero, ¿a qué se refiere el término Dirtbag? Según lo aclara el film, tal es el término que identifica a esas personas de tal forma comprometidas con un cierto estilo de vida (usualmente extremo), que abandonan trabajo, vida social y en general las normas convencionales, con tal de perseguir obsesivamente dicho estilo de vida.

En ese sentido, no hay duda de que Fred Beckey ha sido el Dirtbag por excelencia del alpinismo, al dejar todo por esa actividad inmensamente libre. Dormía en su carro, amaneciendo en cualquier lado; escaló incontables laderas; desafió los peores climas; comía cualquier cosa (casi siempre comida chatarra caduca) y nunca se casó –aunque fue un mujeriego– a fin de no tener ataduras para lo único que genuinamente le importó en la vida: escalar todo tipo de montañas, a través de rutas esquivas o desconocidas, para tomar sus cumbres. Y reitero: siguió haciéndolo (o intentándolo) ya siendo un anciano muy frágil, pensando, en esos días crepusculares, “si hoy no pude, mañana vuelvo a intentarlo”. Además, Beckey documentó cada experiencia, resultando trece libros extraordinarios.

Dirtbag: la leyenda de Fred Beckey es un film conmovedor, que justo está a la altura del extraordinario personaje que retrata. Venturosamente lo muestra sin idealizarlo, sin romanticismo alguno, lo que da al tipo una dimensión completamente humana, a despecho de la magnitud cuasi-sobrehumana de sus hazañas. Porque sin pretenderlo, sin tener conciencia de ello, Beckey fue un pionero, un rebelde iconoclasta, un líder temerario, un hombre admirado pero también cuestionado. El Bob Dylan del montañismo, según dice alguien en pantalla, cuyo legado incalculable es verdadera inspiración para el montañismo y quienes lo practican. Además, este documental es también insólito en otro sentido: como Beckey siempre fue un desinteresado de la celebridad (y de los beneficios económicos que la celebridad conlleva), fue hasta 2009 que el director Dave O’Leske consiguió que Fred aceptara el proyecto y participara en él. Sí: tenía ya 86 años de edad. Desde ese momento, O’Leske y su crew se “pegaron” a Beckey para filmarlo a lo largo de casi una década. Y no hay duda: el resultado hace evidente cuánto eso valió la pena. Fred Beckey murió en octubre de 2017, pero alcanzó a estar –con 94 años cumplidos– en la premiere del film que documentó su irrepetible, alucinante vida. Ojalá que nadie se lo pierda.

Por otra parte, volví a ver, en DVD, Paterson, de Jim Jarmusch, una de las cintas que más me gustaron del 2017. Para animarles a verla, recupero aquí algo de lo que hace diez meses escribí sobre ella: “Adam Driver, en el rol titular, interpreta a un chofer de autobús que gasta su tiempo entre su trabajo, su esposa, pasear al perro, tomarse una sola cerveza en el mismo bar y…escribir poesía. Lo mismo todos los días, en la dulce rutina de un tipo dulce que no siente esa rutina como asfixia, sino como reafirmación y certidumbre. Alguien a quien percibes como esto ya casi imposible de creer: la convicción de que el ser humano es esencialmente bueno. Su poesía –escrita sólo para sus ojos– toma su inspiración de cosas pequeñas y detalles menores, aparentemente insignificantes; una cajita de cerillos, por ejemplo. Pero esas líneas de tinta sobre su libreta (secreta, personal) le significan a Paterson (el personaje) un abanico de confirmaciones de balsámica tibieza. Así, mientras vemos Paterson, los cinéfilos nos preguntamos: ¿cuándo se va a romper esta armonía? ¿En qué momento estalla todo, para devolvernos al cruel mundo violento? Y en efecto, algo pasa…”. Dejo pues el dato: esta película es una pequeña gema.

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