Rascacielos: rescate en las alturas (Skyscraper), de Rawson Marshall Thurber, es uno de esos films que sólo dejan totalmente gratificados a genuinos fans del cine de acción más riesgosa e improbable. Y también, en el caso específico, a los admiradores de Dwayne Johnson, la Roca. El tipo encarna aquí a Will Sawyer, ex-militar de élite marcado por un momento terrible de su pasado (una crisis de rehenes de final trágico). Diez años después, ya sin media pierna izquierda, está felizmente casado (cualquiera lo está si la cónyuge es Neve Campbell), dedicado a sistemas de seguridad ultra-hi-tec para inmuebles sofisticados, lo que exactamente es La Perla, el híper-vanguardista edificio ubicado en Hong Kong que, además, presume ser el más alto del mundo: una milla hacia el cielo, metros más, metros menos. Justo ahí Will es víctima de una traición, que lo ubica en medio de un complot. Pero no es eso lo peor, sino que su familia –su mujer y sus dos hijos pequeños– queda involucrada, expuestos todos no sólo frente a un grupo de mercenarios asesinos, sino también, en paralelo, a un descomunal incendio que trepa en La Perla desde el piso 96, con rumbo al infinito. ¿Podrá Will Sawyer salvar la vida, para salvar también a su familia? ¿Cómo rescatarse y rescatarla de ese infierno tanto literal como metafórico? No se ve cómo, pero décadas de cine hollywoodense garantizan que encontrará la manera.

Rascacielos tiene muchas semejanzas con dos o tres películas de Bruce Willis, más otros ingredientes que complican la situación aún más. Entre ellos, que Will Sawyer es un tipo amputado, que enfrenta todo en soledad, que su hijo sufre ataques de asma y que a ojos de las autoridades aparece como culpable de cuanto está sucediendo. A esto suma además la tragedia en su pasado, que vuelve a ser latente, a estar a flor de piel, amenazando reaparecer. Y la película es todo esto: un thriller de acción a partir de un argumento que detona pronto, que avanza siempre y cuya acción desafía lo probable en favor de lo cuasi-imposible, al servicio de un personaje-víctima que depende sólo de él y que no está dispuesto a perder a su familia. Un divertimento pues en carácter de blockbuster, que perfecto define al anual cine gringo veraniego: implausible, excesivo y agotador.

Cambiando de tema, terminó el Mundial con la victoria de los ya bicampeones Blues sobre los garrudos croatas. En homenaje al evento (y ya con nostalgia), dejo aquí dos películas poco conocidas sobre futbol. La primera, británica, es El juego (The match; 1999), de Mick Davis. Su trama: en Inverdoune, Escocia, por centésimo año consecutivo va a jugarse el tradicional encuentro de futbol entre los equipos de los dos pubs de la pequeña villa, pero esta vez –pactado así muchos años antes– el derrotado cerrará sus puertas definitivamente. ¿El balance de los años anteriores? Sólo derrotas para el Bar de Benny. Además, el dueño de Le Bistro, el poderoso rival, es el ex-profesional Gourgeous Gus. ¿Será que Wullie Smith pueda esta vez hacer algo?

La segunda, de los Países Bajos, es un documental: La otra final (The other final; 2003), de Johan Kramer, sensible retrato de un partido amistoso, de dos países y de dos culturas. Recoge los hechos siguientes: tras la derrota de Holanda en los clasificatorios para el Mundial de Japón/Corea 2002, allí surge la grandiosa idea de invitar a los dos últimos del ranking de selecciones nacionales –Bután, un reino en el Himalaya, y la isla caribeña de Montserrat– a jugar un partido “decisivo” por el penúltimo puesto de la lista. La fecha del partido, el 30 de junio de 2002 (en Thimpu, capital de Bután), coincidiendo el día con la final del Mundial de FIFA en Yokohama. En fin, sirvan ambos films (habrá que buscarlos, deseando no se complique el encontrarlos) para “extender” un poquillo más la pasión que millones sentimos por el futbol, ahora que –otra vez– estamos a poco más de cuatro años de la próxima Copa del Mundo de Qatar. Que Dios nos preste vida.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here