Por lo visto, los personajes que interpreta Sam Claflin sufren de hondas calamidades. En United (2011), su Duncan Edwards es una de las víctimas del desastre aéreo de Munich, en 1958. En Yo antes de ti (2016), su Will Traynor se accidenta y queda cuadripléjico. Y ahora, en A la deriva (2018), su Richard Sharp naufraga y queda varado a medio océano, dependiente por completo –dadas sus heridas– de su novia Tami Oldham (la siempre interesante Shailene Woodley), cuya experiencia como navegante es apenas relativa. Tal es el drama en A la deriva (Adrift), dirigida por el islandés Baltasar Kormakur, producida por la propia Woodley y basada en eventos reales: el reto de supervivencia de estas personas a lo largo de 41 días, tras ser golpeados en su viaje de Tahití a San Diego por el temible huracán Raymond, en octubre de 1983.

En la película, el punto de vista es el de Tami, narrado en una estructura –bien conseguida– de dos tiempos: el presente de la tragedia en el mar y el pasado cercano: ese en el que la pareja se encuentra y se enamora casi a primera vista. Ambos tiempos se alternan a lo largo de casi toda la cinta, sin que las “interrupciones” de cada timeline afecten ni fracturen la progresión dramática global. De todas formas, hay que decir que la historia “dulce” se percibe si acaso mediana –hasta rutinaria, en cierta forma– con apenas músculo suficiente para funcionar como soporte de la historia devastadora, cuya estatura y fuerza –nacidas de lo angustioso relatado– son desde luego el núcleo de A la deriva y, a fin de cuentas, la razón para producirla. En ese contexto, Shailene Woodley es lo mejor en el film, además de la oportunidad de conocer de primera mano lo pasmoso de sus eventos. Shailene encarna fragilidad, fiereza, amor, determinación, desconsuelo, con hondura y de manera notable. Y como Kormakur no sólo es un director competente, sino también tozudo e impredecible (chequen el giro del tercer acto), el resultado es satisfactorio, pero también muy agotador. Hemos visto varias películas sobre la fortaleza del espíritu humano, pero no tantas en las que la inminencia de la muerte sea tan contundente. Hasta por eso vale la pena.

Y desde luego hay más para ver en las salas locales. Entre eso, el film galo La búsqueda (su título original francés es más bien Mi hijo), de Christian Carion, un drama de familia. Su ex-esposa Marie (Melanie Laurent) avisa a Julien (Guillaume Canet) que el pequeño hijo de ambos ha desaparecido de un campamento vacacional. Agobiado, sintiendo que la investigación es errática, Julien se ocupa por sí mismo, sin recursos ni apoyo y a pesar de ser inexperto al respecto. Conforme avanza y encuentra pistas, gradualmente afloran en Julien facetas obscuras, insospechadas, detonadas por la urgencia de recuperar a su hijo. La búsqueda es tanto un thriller –íntimo, digamos– como una exploración de cuánto puede transformarte la desesperación, siendo esta vertiente la esencial y más impactante del film. Está muy bien actuada por Canet (como siempre), a ratos con un dolor que conmueve, y en otros, con una ciega, atemorizante, violencia. La pregunta que surge después de ver La búsqueda es para todos la misma: ¿también tú harías esto por tus hijos? Una película directa, concisa, que bien merece la pena.

Y por ahí anda también El discípulo, cinta rusa de Kirill Serebrennikov, ganadora de varios premios internacionales, entre ellos el Francois Chalais que otorga el Festival de Cannes. Nuclearmente trata de un adolescente que rompe con su familia, sus profesores, sus compañeros de escuela, a partir de sus obsesivas lecturas de la Biblia –sin matices de ningún tipo– que lo llevan al fanatismo disruptivo e incluso peligroso. Más allá de su buena recepción por parte de la crítica, El discípulo en cierta forma opera de manera arbitraria, al no incluir eso que suele llamarse backstory. En este caso, al menos pistas de los eventos o eslabones causales de su transformación fanática. Premios o no, hacen falta.

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