En el marco de la llamada fiesta del cine mexicano, pude ver Hasta los dientes, de Alberto Arnaut, film documental en torno a los eventos (2010) que costaron la vida a Javier Francisco Arredondo Verdugo y a Jorge Antonio Mercado Alonso, alumnos de excelencia del Tecnológico de Monterrey. El detonante fue una balacera a las puertas del Tec (campus Monterrey), entre criminales y el ejército. El parte oficial reportó dos sicarios muertos, sin víctimas entre la comunidad universitaria. Pero en realidad no murieron delincuentes, sino Javier y Jorge, estudiantes de Doctorado y Maestría respectivamente. El documental denuncia que los soldados los confundieron y balearon, para después –ya conscientes del desenlace– maquillar los hechos en todas las formas posibles (incluso armas plantadas) para que ambos pasaran por sicarios “armados hasta los dientes”.

Hasta los dientes es un film triste, muy contundente, construido desde los testimonios de las familias, de testigos, de compañeros de Javier y Jorge –de autoridades incluso– que además apoya sus certidumbres y conclusiones en imágenes de aquella noche aciaga, obtenidas de cámaras de seguridad. De todo eso teje su indignación, idéntica a la desesperanzada y dolorosa de siempre: vivimos en un vacío de justicia, en un mar de impunidad, entre incomprensión e incompetencia, sin que importe la gente “de a pie” –la que no es importante ni alterna con importantes— que desde casos como el de Javier y Jorge se desgasta y clama por un país nuevo, en el que ya no quepan ni error, ni olvido. Un documental imprescindible, que merece (y demanda) la mayor audiencia posible.

Siguiendo con el cine mexicano, la comedia negra Tiempo compartido, de Sebastián Hofmann, funciona muy bien, principalmente a partir de un guion filoso e inteligente, de un elenco talentoso y del interés del director Hofmann por explorar situaciones bizarras. En ella, Pedro (Luis Gerardo Méndez) y su familia –esposa e hijo– llegan de vacaciones a una lujosa villa de tiempo compartido. Pero minutos después toca a su villa otra familia (más numerosa), queriendo ocuparla. Con todo y disculpas, el hecho es que el hotel ha sobre-vendido los espacios y, sin más alternativa, ambas familias deberán compartir y “convivir”. Casi de inmediato (¿por qué?) Pedro tiene la sensación de que esta convivencia puede “robarle” a su familia. En paralelo, Andrés (Miguel Rodarte), un esforzado trabajador del hotel, también padece: siente el alejamiento de su esposa –por igual, empleada de las villas– quien parece ya no tenerlo en cuenta, ante lo que ella llama “su oportunidad” para escalar en la jerarquía corporativa. Ambos hombres, sin apenas conocerse, crecientemente desesperados, forman un vínculo para recuperar a los suyos.

Tiempo compartido es una película disruptiva, ambiciosa, que marcha a su ritmo: el de los pensamientos de Pedro y Andrés mientras rumian y deambulan por sus encrucijadas. Pensamientos cada vez más atormentados les revelan como “títeres”, en medio del absurdo de situaciones tragicómicas (trágicas para ellos, relativamente cómicas para el espectador) que les rebasan más y más con cada nuevo día. Son víctimas, de inicio pasivas, en ese entorno calculado, diseñado por un ente maquiavélico –el Corporativo del time share— no para que “cumplas tus sueños”, sino para castrarlos y engullirte. Ante ese escenario, Pedro y Andrés queman sus naves y el director Hofmann aprovecha los eventos (forzado alguno de ellos) para reflexiones satíricas en torno a los voraces, inescrupulosos, tiempos que corren, según equívocas estrategias de negocio encaminadas a un “progreso” desleal. Y sí, también para reflexiones en torno a la familia, cuya estabilidad nuclear radica en el clan mismo, lejos de cualesquiera castillos en el aire. Al lado de Méndez y Rodarte, aplausos para Cassandra Ciangherotti, Andrés Almeida y RJ Mitte (éste, atemorizante y “corporativamente” siniestro). Un Tiempo compartido que sí vale la pena compartir.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here