En Un pequeño favor (A simple favor), de Paul Feig, Anna Kendrick interpreta a la joven madre viuda Stephanie, menuda, hogareña, comprometida, ejemplar; voluntariosa y políticamente correcta en la completa dimensión del término. En la escuela de su pequeño conoce a otra mamá, Emily (Blake Lively), enigmática, imponente, mujer de mundo; muy ejecutiva, sabe cómo beber martinis (fuertes) y cómo hablarle a los hombres poderosos: mandándolos al diablo, sin que importe que uno de ellos pueda ser tu jefe. Stephanie y Emily no pueden ser más distintas –las dos caras de una moneda– justo lo que convierte en toda una sorpresa el que se hagan tan amigas. “¿Es en serio?”, se preguntan las otras madres; “Pobre Steph; Emily se la va a devorar”. Uno de esos días, Emily pide a Stephanie que recoja a su hijo de la escuela, por encontrarse en medio de una crisis en su trabajo. Steph lo hace, pero a partir de ahí nada vuelve a saberse de Emily; pasan los días, la policía interviene, no hay pistas y la angustia crece. Por eso Stephanie decide intervenir, desentrañar aristas. Se apoya, ¿en quién? En las seguidoras de su videoblog de consejos a madres como ella. Para eso son las amigas, ¿o no?

Un pequeño favor, sintetizando a la crítica, es “un misterio sombrío, pero ligero y divertido al mismo tiempo”. En realidad se permite uno o dos giros de más –algo que puede aceptarse– con el pecado (mayor ese sí) de que alguno de ellos, por rayar en lo absurdo, en lo forzadamente “conveniente”, parece de otra película. Y con esos arranques bizarros –del 3er acto, básicamente– los personajes parecen estar de acuerdo(!), o cómodos al menos. Entonces, si esto es evidente, ¿por qué la película gusta? ¿Por qué condescendemos y le perdonamos eso y cualquier cosa más? ¿Por qué celebramos su desmesura? ¿Por qué regresé a verla una segunda vez y estoy considerando darle una tercera mirada? Las razones son diversas: por Anna Kendrick y Blake Lively, fantásticas ambas en sus roles de agua y aceite; por una trama desvergonzada que se celebra a sí misma; por una dirección que sabiendo los riesgos, los asume con desenfado; pero sobre todo, porque a Un pequeño favor le sobra look, estilo, clase –todo ello junto– para hacerse sensual, irresistible en lo lúdico, aunque sea irreverente, cuestionable, provocadora, para el raciocinio. Una película construida desde su abundancia en secretos, a los que Stephanie define desde el arranque mismo: “Los secretos son como la margarina: fácil de esparcir, pero malos para el corazón”. Véanla y, como yo, perdónenle cuanto sea necesario.

Ahora bien, siempre ando chuleando a Anna Kendrick. Para quienes no estén familiarizados con ella, por principio deben verla en Amor sin escalas (Up in the air; 2009), en 50/50 (50/50; 2011), en Notas perfectas (Pitch perfect; 2012) y en En el bosque (In the Woods; 2014), radiante en todas ellas. Recuerdo que tímidamente escribí de Anna Kendrick en Amor sin escalas, mencionando esto: Cinta de espléndidas actuaciones: Clooney más cercano que de costumbre; Vera Farmiga a gran nivel de cool y Anna Kendrick totalmente a la altura en su difícil péndulo de seguridad-inseguridad. Luego me fui animando, porque así la mencioné en 50/50: El film ofrece todo un plus: la presencia de la hermosa, talentosísima, Anna Kendrick como Katherine, una “terapeuta emocional” de…24 años. Y ya en franco “endiosamiento”, así aludí a ella en Notas perfectas: Anna Kendrick vale todo el boleto, con su belleza y talento. Aparece como Beca, aspirante a DJ que en la uni se integra a un grupo femenil de pop “a capella”, cuyo sueño es derrotar a sus compañeros varones en la final nacional. Entre varios números musicales espléndidos, la cereza del pastel es la audición de Beca para entrar al grupo: canta “You’re gonna miss me when I’m gone” con el solo apoyo de un vaso de plástico al que arranca tonos, ritmo y percusión. Un momento para babear. ¿Kendrick, anyone?  

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