El anterior fin de semana no estuvo mal, concretamente en cuanto a un par de películas vistas. Una de ellas fue De libros, amores y otros males (The bookshop), de la catalana Isabel Coixet, hablada en inglés y coproducida por España, el Reino Unido y Alemania. La otra, la estadounidense Locamente millonarios (Crazy rich asians), de John M. Chu, cuya producción costó 30 millones de dólares y ya tiene ingresos por casi 250 millones en las taquillas del mundo. Sumamente diferentes, comienzo por la de Coixet…

En De libros, amores y otros males corre 1959; la viuda Florence Green (Emily Mortimer, siempre competente) llega a residir a la villa costera inglesa de Hardborough y se dispone a cumplir un sueño: abrir ahí una librería, justo en la deteriorada casona que ha comprado para vivir, conocida por todos como The Old House. Florence ama los libros y atesora la idea de que su proyecto los acerque gradual y crecientemente a los vecinos del lugar. Pero la idea no gusta en lo más mínimo a la acaudalada e influyente Violet Gamart (Patricia Clarkson), quien desea que The Old House sea “un Centro para las Artes” y no una tienda. Por eso, enmascarada en una cortesía hipócrita, desata una guerra despiadada en contra de Florence, con la fuerza de su poder y sus contactos. Florence aguanta, estoica, las embestidas, sólo “apoyada” por su “asistente” Christine (Honor Kneafsey) –una niña de 11 años– y por el misterioso viudo Edmund Brundish (un conmovedor Bill Nighy), que vive solo y rarísima vez sale de su casa. Es al mismo tiempo David contra Goliath, la fraternidad contra el abuso, el fervor por la lectura contra la pose cultural y, sobre todo, la búsqueda del bien común contra los intereses personales.

De libros, amores y otros males es una película serena, contenida, callada, sobre una buena mujer que busca reencontrarse, tras su pérdida, a través de algo que está en ella y la revela: la lectura y los libros, resumido en la apertura de su librería, más como refugio, como oasis, que como negocio. A partir de eso, es también un film sobre la injusticia, que sigue siéndolo aunque se disfrace (una indignidad mayor) de “legalidad”. Una cinta que tiene que ver más con personas que con eventos, siendo estos –los honrados y los que no lo son– subsidiarios al rostro humano que Isabel Coixet quiso imprimir a su película. Muchos pensarán que aquí no pasa mucho (“sólo una pobre mujer a la que obstaculizan lo de su librería”), pero en realidad bucea por la intimidad de Florence; por la maldad educada, falsamente cortés, de Violet; por la soledad del espectral Edmund; por la inteligencia precoz de Christine, y sí, por la estrechez e intrigas del estilo pueblo chico, infierno grande. Así que ni pasa poco, ni es poco importante lo que pasa. De libros, amores y otros males es una película entrañable, simple pero emotiva, que merece el respaldo de los cinéfilos.

En cuanto a la comedia melodramática Locamente millonarios, en su fachada es la otra cara de la moneda: excesiva, exuberante, pletórica; ruidosa y, a ratos, casi frenética. Su primera lectura sugiere que su tema –más allá del contexto— es el dinero: tener mucho y disfrutarlo mucho. Pero concediéndole paciencia (que a ratos pierdes un poco), en el film termina por aflorar lo importante: el dinero no te gratifica si no estás con la persona que quieres y necesitas. Tiene que ver con los novios Rachel (Constance Wu) y Nick (Henry Golding), que desde Nueva York viajan a Singapur para una boda. Ella descubre ahí que Nick es el heredero de una de las familias más ricas de toda Asia, pero también que su presunta suegra, Eleanor (Michelle Yeoh), no aprueba que su hijo se case con alguien “de otro tipo”. De esta situación, incómoda e inesperada, derivarán (por supuesto) lecciones para todos: cuestiones de raza, de clase, de dignidad, de sacrificios y convicciones. Locamente millonarios encontró cómo abordar estas seriedades en medio de un ambiente locuaz y aparentemente frívolo, lo cual sorprende y la destaca de las cintas promedio.     

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