Las películas que en este momento más llaman la atención de los cinéfilos son la mexicana Museo, de Alonso Ruizpalacios, y la coproducción (Reino Unido-EEUU) Bohemian Rhapsody, de Bryan Singer, nucleada –claro– en la figura de Freddy Mercury. Museo se basa en aquel robo, en 1985, de 140 piezas arqueológicas al Museo de Antropología, perpetrado por dos estudiantes. A partir de eso, Ruizpalacios construye dramatizaciones –y se permite concesiones– que distancian a la película de cualquier tono o estilo documental. En ella, Juan (Gael García Bernal), el eterno revoltoso en su familia de clase media, convence a su mejor amigo Wilson (Leonardo Ortizgris) de cometer el robo. Lo piensan, claro, en términos del dinero a obtener, pero también se percibe en Juan una intención contestataria; una suerte de acto provocador por la ausencia o transgresión de políticas “patrióticas” en cuanto a este tipo de bienes, traficados por décadas antes de que eventualmente lleguen a los museos (si hay suerte), desde transacciones no siempre legales o transparentes. Pero he aquí que la “mercancía” obtenida por los socios es demasiado caliente; de valor histórico inestimable, pero imposible de vender justo por lo mismo. Así, Juan y Wilson quedan atascados en su propia red, tejida desde altas dosis de audacia, pero también de aún más altas dosis de ingenuidad.

Museo, no hay duda, es una película lograda, más como retrato de personaje(s) que como crónica de aquel evento escandaloso (aparece Zabludovsky indignado, en cadena nacional, reportando el cuasi-sacrílego hurto, señalando culpable a la mafia internacional del tráfico de reliquias patrimoniales). Ese retrato de personajes –principalmente de Juan pero también de Wilson, su fiel escudero– es quizá lo más resonante del film: las motivaciones íntimas, las relaciones de familia, las visiones (equivocadas o no) del status quo. Y con tal fundamento, ya lo demás encuentra sentido, aunque no justificación, en todo lo circundante al robo aquel, que sacudió y evidenció a mandos y conciencias de varios niveles. Al igual que el hecho relatado, Museo es provocadora en un sentido inteligente. A Ruizpalacios le gusta alejarse de los cánones, pero no pierde control porque sabe filmar, cual quedó claro en Güeros, su ópera prima. Así que a visitar este Museo.

Por otra parte, Bohemian Rhapsody es una cinta bastante entretenida –en realidad mediana, pero muy grata en especial para el oído– que antes de comenzar ya va ganando debido a la veneración popular hacia la música de Queen. Es Rami Malek quien interpreta a Freddy Mercury, con la pasión y el compromiso adecuados. El relato abarca desde los inicios de Mercury –cuando se acercó al grupo, que entonces se llamaba Smile— hasta el legendario concierto de Queen para Live Aid, en 1985. Un concierto considerado como tal vez el más memorable en la historia del rock. Ahora bien: adjetivé de mediana a Bohemian Rhapsody, pero es incuestionable que tiene un clímax que vale el boleto entero: justo es el concierto mencionado de Live Aid. Uno de esos momentos que palidecen cualquier cosa que no te haya gustado, emergiendo rotundos, contundentes, para hacerte sentir que también lo otro (el resto) vale la pena. Desde luego no es así, pero reitero: esa presentación inolvidable de 1985 –el reencuentro de la banda– es motivo suficiente para ver la película incluso más de una vez, por lo espectacular y emotiva. Esa tarde, Queen tocó en el Estadio de Wembley ante casi 80 mil personas, sumadas a 1,900 millones de almas más que siguieron el concierto a través de la televisión. Así, puede decirse que en Bohemian Rhapsody son mejores las partes (o alguna de ellas) que el todo. Y porque estoy de acuerdo, agrego algo dicho por Sheri Linden en The Hollywood Reporter: “Es una biopic que favorece la experiencia sensorial sobre la explicación, y entiende cuán pura y electrizante diversión puede ser el rock & roll”.

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