No se me culpe de ya no ver películas familiares. Fui (y con gusto) a El Cascanueces y los Cuatro Reinos, de Lasse Hallstrom y Joe Johnston, muy atraído por la presencia en ella de Keira Knightley, Helen Mirren, Morgan Freeman y de la joven protagonista Mackenzie Foy. Incluso aparece un casi irreconocible Eugenio Derbez, en el relativamente menor rol de Hawthorne. La cinta tiene que ver con Clara (la guapa Foy), a quien su fallecida madre deja un mecanismo cerrado que presumiblemente contiene un gran regalo para ella. Pero la llave que lo abre es robada y, por buscarla, Clara descubre el mundo paralelo de los Cuatro Reinos (de las Flores, de la Nieve, de los Dulces y de las Diversiones), que se encuentran en el umbral de una guerra por la rebeldía de uno de ellos. Será Clara, con la ayuda de un Soldado Cascanueces y de otros personajes pintorescos, quien intervenga en favor de la paz y de la prevalencia de estos reinos, en especial al enterarse de que su madre tuvo mucho que ver con ellos.

El principal atractivo de El Cascanueces y los Cuatro Reinos –fantasía en tono de melodrama– es su espectacular diseño de producción, entregando un melancólico Londres antiguo, igual que el ámbito boscoso, nevado, hermoso, de los Cuatro Reinos. Es por esa atmósfera visual que vale la pena ver la película. Lo demás no es ingrato, pero sí algo menos que mediano –a ratos inerme– lo cual es una lástima dados los elementos involucrados: un reparto resonante, el origen literario (el cuento de E.T.A. Hoffmann El Cascanueces y el rey de los ratones) y la bienamada música del ballet de Tchaikovski. Todos se esfuerzan mucho, pero el conflicto se siente siempre pequeño, lo que traduce en una tensión menor, con nada ni nadie suficientemente amenazante y con muchas “causas” sin explicar. Vamos, esta vez ni siquiera está el gran número musical o la gran canción tradicionales en toda película de los Estudios Disney. Así pues, El Cascanueces y los Cuatro Reinos es una película floja, aunque bonita de ver.

Lo que sí es un trancazo, una muy disfrutable sorpresa, es el documental español Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón, quien no debió ir lejos para encontrar un gran personaje: su propia madre. En efecto, Julita Salmerón es revelada como una mujer extraordinaria en toda su sencillez y temple –una matrona natural– capaz de plantar cara a cualesquiera adversidades y caos, a su avanzada edad. No sorprenden, pues, sus 26 nominaciones y 15 triunfos en diversos festivales internacionales. Lo que hace tan divertido este documental son el talante y las excentricidades de Julita; lo que lo hace cercano e íntimo, que esté realizado por su hijo; lo que lo hace conmovedor, que funciona como una carta de amor, casi sin darte cuenta; y lo que lo hace valioso, que encuentra, con inteligencia y verdad, las aristas de valores genuinos –familia, convivencia, solidaridad al interior del clan, amor entre sus miembros– y las aristas del vivir cotidiano: alegrías, preocupaciones, los deseos y búsquedas, las crisis sociales y económicas, etc. El título justo procede de lo que Julita siempre quiso: muchos hijos, tener un mono y vivir en un castillo. Felizmente, la vida se lo concedió, pero también tropiezos relativos a esos tres deseos y a muchas otras cosas que ella misma relata, casi siempre con humor y desenfado. Y así el documental: tan fresco y desenfadado como su personaje, más una buena dosis de azoro ante ese ser peculiar de hondas convicciones y simpatía. Un par de cosas más: en ciertos segmentos del film, el castillo de Julita (y cuanto contiene) remite –seguro sin intención– al Xanadu de Ciudadano Kane. Y esto otro, escrito por Jessica Kiang en Variety: “El film de Salmerón, repleto de triques y baratijas como cualquier cajón de su madre, refuta eso presentando el entrañable retrato de una mujer extraordinaria y de la familia que creó. Alguien que descubrió su propia y singular forma de ser feliz”.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here