Nicole Kidman stars as Erin Bell in Karyn Kusama's DESTROYER, an Annapurna Pictures release.

En días recientes pude ver tres films: Destrucción (Destroyer), de Karyn Kusama, con un excepcional trabajo de Nicole Kidman, cuasi-irreconocible físicamente; Vox Lux, de Brady Corbet, también muy bien actuado por un ensamble encabezado por Natalie Portman; y Somos campeones, de Javier Fesser, nominado en su momento a 11 premios Goya y representante de España ante el Oscar. Los dos primeros son dramas centrados en personajes femeninos: una detective emocionalmente devastada y una estrella del pop cuyo éxito parte de una dolorosa tragedia. Somos campeones es por su parte un melodrama (algunos lo sienten comedia) en cuyo núcleo está, con desenfado pero con respeto, el tan sensible tema de la discapacidad. Los respectivos taglines ubican de buena forma la respectiva identidad de las dos primeras: No tienes nada que perder cuando ya lo has perdido todo (Destrucción) y Un retrato del siglo XXI (Vox Lux). Somos campeones no manejó tagline, pero rescato dos aseveraciones de la crítica: “una película necesaria” y “la feel-good movie del año”. Un buen inicio fílmico del 2019, me parece.

Destrucción se narra en dos tiempos fílmicos, utilizando flashbacks. En su pasado, la agente Erin Bell (Kidman) –infiltrada en una pandilla de asaltantes– pierde a quien es lo más importante para ella, lo cual la marca de por vida. En su presente, tras enterarse del regreso del causante de la tragedia, Erin se enfrasca en su necesidad de venganza, por encima de todo y de todos (incluida ella misma): matar o morir, siendo lo de matar una obsesión no negociable, y lo de morir, un riesgo que no le importa. Destrucción es lo que es –compleja, absorbente, sombría, espeluznante– por nada más que Nicole Kidman, quien en cada paso que da (o arrastra) revela que carga sobre ella al mundo entero, con todas sus penas. ¿Cuánto pesan ese mundo y esas penas? Basta mirar su flagelado cuerpo para saberlo, fragilizado al máximo tanto en lo físico como en lo íntimo. Una película incómoda, seca, de personaje, que cuesta trabajo ver pero que al final indudablemente gratifica. Para buenos (y aguantadores) cinéfilos.

Vox Lux, por su parte, cuenta la historia de Celeste (Portman), una buena chica de pueblo que, siendo adolescente, sobrevive a un trágico atentado en su escuela. A partir de eso –a lo largo de los 17 años que abarca la película– su notoriedad la marca: se eleva hacia el estrellato como cantante, lo que no sólo le cambia la vida, sino también su ser íntimo, su identidad misma; ¿o su cambio viene de aquel acto terrorista de su pasado? Vox Lux es una cinta que permite varias lecturas, sobre temas diversos: tiene que ver con shocks o giros vitales; también, con la inevitable pérdida de la inocencia, natural o catalizada; con las exigencias y presiones de la celebridad, que frecuentemente transforma a quienes la alcanzan en versiones distorsionadas de ellos mismos (en especial si esa celebridad llega a edades tempranas). Lo mejor del discurso de Vox Lux es su capacidad para llevarnos a la reflexión, al descubrimiento de un azar de repercusiones interconectadas, en el marco glamuroso, distractor o no, de conciertos, de música pop y de fama. En este caso, de una fama originada desde la infamia del terrorismo, que además se presenta en la vida del personaje dos veces más. Así, en su retrato de la star Celeste, Vox Lux está lejos de ser Nace una estrella o Bohemian Rhapsody.

Finalmente, ya en poco espacio, Somos campeones es una película valiosa. Se ocupa de un irritable entrenador profesional de baloncesto que debe cumplir una condena haciendo trabajo social. Así, lo que vemos (y nos “toca”) es su consecuente relación con los chicos a quienes debe enseñar a jugar: un grupo de jóvenes débiles mentales, cuyos corazones son en cambio más grandes que el planeta. Poco a poco, todos los días, ese dudoso “equipo” será de lecciones, y una familia, para el coach. Grata e inspiradora.

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