De entre lo más llamativo de la cartelera actual, están sin duda La mula (The mule), de Clint Eastwood, y Van Gogh: a las puertas de la eternidad (At eternity’s gate), de Julian Schnabel, con Willem Dafoe en el rol del post-impresionista Vincent Van Gogh. La mula nos hace conocer la historia de Earl (Eastwood), un floricultor nonagenario al cual las ventas por internet de sus competidores le arruinan el negocio. Además, hace años que ha perdido la relación con su familia: vive separado de su esposa, su hija no le habla y casi no ve a su nieta, que está por casarse. Solo y ya prácticamente sin un techo, Earl –que ha conducido una pick-up toda su vida– recibe una atractiva oferta de trabajo: entregar, entre ciudades, valijas llenas de mercancía, sin meterse en líos y sin hacer preguntas. Algo relativamente sencillo para el anciano, quien maneja bien y, a sus años, no atrae la atención. La paga es más que generosa (superlativa, de hecho), cual Earl lo irá descubriendo en los sobres que, después de cada entrega, aparecen en la guantera de su troca. Y claro, termina por darse cuenta de que se ha convertido en “mula” del narcotráfico organizado.

Con La mula, Clint Eastwood ha conseguido algo en verdad raro: que una película cuyo núcleo (no su tema) es el tráfico de drogas, resulte disfrutable, en vez de tensa o “sufrible”. Lo ha hecho cual si fuera fácil, a partir de una eficiente narrativa straight-forward –sin rasgos de espectacularidad– en la que causas y efectos están muy claros. El resultado es una película que tiene rostro, pero mejor aún, que tiene corazón, cuya esencia está en ese viejo aparentemente despreocupado (e insensato, si se quiere) que se topa con la oportunidad –y se da cuenta– no meramente de ganar dinero, sino de reencontrarse con los suyos, e incluso “de hacer el bien” apoyando causas de su entorno. No lo dice, tal vez no lo piensa, pero de fondo sabe que la situación ha de pasarle factura. Es así que el Earl de La mula no es víctima; muy al contrario, se hace dueño de su propio destino. Se trata pues de una película sensible, lograda –como ya dije, extrañamente disfrutable– basada de hecho en un caso real, reseñado por el New York Times. Su aserto más o menos es que cambiar para bien siempre es posible, incluso cuando ese cambio lleva por caminos insospechados. Y la cereza del pastel, un soundtrack espléndido: juguetón, nostálgico, pegajoso, escuchado (y tarareado) por Eastwood himself mientras maneja. Gozosos momentos de pura vida, que así transpiran y llegan hasta nuestras butacas.

En cuanto a Van Gogh: a las puertas de la eternidad, recoge las vivencias del pintor holandés en Francia, especialmente en Arles. El artista (Willem Dafoe, como antes dije), harto de la grisura de París, decide marchar hacia el sur, en busca de la luz y del envolvente amarillo del sol. Sólo desea pintar, pero la gente de su entorno no entiende: ni a él ni a sus pinturas. Eso le provoca arranques depresivos y de ira que le conducen a sanatorios o refugios para enfermos mentales, costeados por Theo (Rupert Friend), su hermano menor, siempre amoroso y pendiente de Vincent, aun estando lejos. Van Gogh: a las puertas de la eternidad inopinadamente es una suerte de road movie, atípica desde luego. Por un lado, Van Gogh, incansable, camina y camina a lo largo del film en busca de la luz y los paisajes del sur de Francia. Pero también está el viaje íntimo, atormentado, por los caminos de su propio ser, cuestionándose sobre sí mismo en busca de los por qué profundos de cuanto le pasa. Como cuando en cierto momento externa –entre triste y resignado– “Quizá Dios me dio el don de pintar, para gente que aún no nace”. Significativamente, la luz, los colores, los reflejos de la película, lucen cual si fuese una de sus pinturas, desde una cámara urgente, nerviosa, como el estado anímico del hombre que se cortó una oreja para que se le entregase a su querido amigo Paul Gauguin como mensaje. Supongo que el genio puede tornarse locura, cuando el arte es una necesidad.

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