Como Roma está entre las ocho nominadas al Oscar a mejor película, tengo la sensación de que en general se ha minimizado su nominación a mejor película en lengua extranjera, dándose prácticamente como un hecho que va a obtener esa estatuilla. Prueba de lo anterior es que todos saben contra qué 7 films compite en el primer caso, pero no son tantos los enterados (a fondo, me refiero) de cuáles son sus 4 contendientes foreign language: Cafarnaúm, de Líbano; Un asunto de familia (Shoplifters), de Japón; Guerra fría, de Polonia, y Never look away, de Alemania. Los tres primeros exhiben ahora mismo en Puebla; y se espera que el último no tarde. Créanme: Roma no la tiene fácil.

Cafarnaúm, de la sensible y talentosa Nadine Labaki –realizadora de Caramel y de ¿Y adónde vamos ahora?— ostenta ya, entre otros, el Premio del Jurado y el Premio Ecuménico del Festival de Cannes. Ubicada en un barrio marginal de Beirut, tiene que ver con un niño que decide demandar a sus padres –llanamente– por haberlo concebido, en un mundo de inequidad y maltrato infantil. De inicio, hay que decirlo, algunas reacciones de la crítica no le fueron del todo favorables a Cafarnaúm, considerándola un melodrama sobre la miseria desde el “siempre a mano” pretexto de los niños. Por su parte, Un asunto de familia, de Hirokazu Kore-eda, presume la Palma de Oro, el premio principal de Cannes. Presenta a una pareja de obreros cuyos sueldos no alcanzan para mantener a su familia, a la que recién han “sumado” a una nenita maltratada por sus padres. Para “llegar a fin de mes”, cometen pequeños y desenfadados hurtos en tiendas, aprovechando incluso a los más pequeños del clan. Esto daría para una comedia, de no ser porque íntimos secretos de familia, oscuros en su mayoría, irán revelando el verdadero trasfondo de las respectivas motivaciones de sus miembros. Así, Kore-eda consigue un compasivo retrato de familia, que se hace también muy inquietante en términos de reflexión social, con el engaño y el desgaste de valores como elementos nucleares.

En cuanto a Guerra fría, de Pawel Pawlikowski, por todos lados se le adjetiva de obra maestra. Fotografiada en blanco y negro (por el propio Pawlikowski), arranca en la Polonia de los 50s, años de la postguerra, construyéndose como una historia de amor loco entre un director de orquesta y una joven cantante campesina, a quienes el entorno político les determina y asfixia. Es así que –a pesar de sus muchos momentos de hermosa música, no pocas veces festiva– la película va adquiriendo tonos trágicos de creciente desesperanza (al fin y al cabo uno de sus temas es la pasión amorosa rodeada de imposibles), sin por ello hacerse amarga, ni perder hondura o su belleza inherente. No se hacen películas como Guerra fría todos los días. Finalmente, Never look away, de Florian Henckel von Donnersmarck, es –según las crónicas– un drama histórico, relativo a un joven pintor que huye de la Alemania comunista a la Occidental, sin poder expiar sus experiencias de juventud entre los nazis. El personaje está inspirado en la vida del artista Gerhard Richter, quien después de ver el film lo consideró “abusivo e infiel a su biografía”. Dejo aquí dos comentarios críticos sobre esta cinta. El primero, de Sheila O’Malley, en RogerEbert.com: “Desalentadoramente larga (188 minutos), Never look away se toma su tiempo, sin forzar sus temas, para seguir a Kurt desde Dresden, a Dusseldorf, a Berlín”. El segundo, de Doris Toumarkine, de Film Journal International: “Cohesivo collage de muchos géneros (historia, guerra, crimen, drama médico con romance y espectáculo), Never look away es también un festín de fina actuación y magnífica visualidad. Pero tanto sucede en pantalla que los espectadores –cual si confrontaran pinturas impresionistas o fotoretratos pixelados– necesitan alejarse un poco, a fin de captar mejor eso que ven”. En fin: como lo mencioné antes, Roma no la tiene fácil. Pero todo augura que le irá muy bien.

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