Como parte del Jurado del Premio FEISAL del 34 Festival Internacional de Cine en Guadalajara, me ha tocado valorar nueve largometrajes, de directores latinoamericanos cuya edad no rebase los 35 años. Aquí mis juicios sobre los primeros ocho…

Los tiburones. En una solitaria villa de pescadores, una adolescente se siente atraída por un joven empleado de su padre, al tiempo que en la costa hay indicios de la inusual presencia de tiburones. Hay pues cazadores y presas tanto en el agua como fuera de ella. Ópera prima de Lucía Garibaldi (coproducción de Uruguay, Argentina y España) que no funciona como debiera por diversos hechos no suficientemente explicados o justificados. Es decir, más una película de efectos que de causas, siendo que ambas vertientes deben estar. Rojo. A las afueras de un restaurante, una discusión termina con resultados fatales, obligando al agredido –un abogado “respetable”– a actuar en consecuencia. Drama absorbente, contenido, sólidamente dirigido por Benjamín Naishtat, que sin embargo parte de una decisión que no parece la más lógica. Es el film argentino ganador de los premios a dirección, fotografía (Pedro Sotero) y actuación (Darío Grandinetti) en San Sebastián.

Infección. Con un origen insuficientemente explicado, detona en Venezuela una epidemia que convierte a los infectados en zombis asesinos. A partir de ahí, el núcleo es un joven médico viudo que intenta salvar a su hijo. Coproducción entre Venezuela y México, dirigida por el maracayero Flavio Pedota, que no alcanza a definir una identidad propia y a la que, esta vez, de hecho le estorba un muy burdo mensaje anti-Maduro. Chéche-Lavi. Documental de Samuel Ellison –coproducción México-EEUU– que se concentra, a lo largo de un año, en dos jóvenes haitianos, para explorar la situación de los migrantes y su eterna búsqueda de una vida en que no los asfixie la necesidad. Film que no encuentra la profundidad óptima, pero cuyo asunto e intenciones son resonantes por necesidad.

Cuando cierro los ojos. Documental mexicano de Sergio Blanco y Michelle Ibaven (a dos voces la dirección, a dos voces el testimonio) sobre Adela y Marcelino –indígenas sólo hablantes de su lengua– procesados sin intérprete por la “Justicia” del país. Más allá de la decisión autoral de hacerlo un film cuyo montaje es de asociaciones (escuchas a los protagonistas más que verlos), funciona bien, haciendo evidente no sólo el apunte crítico, sino también, más fuerte, la urgencia –humanitaria– de cambiar esto. Perro bomba. Un joven haitiano que intenta abrirse paso en Chile, reacciona violentamente ante las ofensas de su patrón racista. Como consecuencia, pierde tanto su trabajo como el apoyo de su comunidad, quedando aún más a la deriva. La ópera prima de Juan Cáceres es una mirada sutil, pero poderosa, al tema de los migrantes marginales y el racismo que también padecen en la América Latina. Un apunte crítico válido e inquietante.

Divino amor. En el Brasil de 2027 –empeñado en el amor a Dios más que en cualquier otra cosa– una mujer de fe aprovecha su trabajo en una notaría como plataforma para disuadir a parejas que quieren divorciarse, al tiempo que ella y su marido infértil intentan concebir un hijo. Con una factura impecable, el director Gabriel Mascaro, nacido en Recife, construye así una resonante alegoría de su país en los tiempos actuales, que también funciona como un original relato cuyo giro final trasciende con creces el término “imaginativo”. Miriam miente. En vísperas de su fiesta de 15 años –en el seno de una familia conservadora con aires de grandeza– la cumpleañera no sabe cómo decir a su madre que su presunto novio y chambelán “francés” (al que nadie conoce) en realidad es un chico negro, “del país”. Melodrama dominicano de Natalia Cabral y Oriol Estrada, que lastimosamente desaprovecha su atractivo resorte argumental –daba para más– quedando en algo que nunca detona toda su potencia. (Los apuntes finales del 34 FICG, en ocho días).

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