Hace ocho días publiqué, en este espacio, juicios sobre 8 de los 9 largometrajes que me correspondió valorar en el 34 Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG), como parte del jurado del Premio FEISAL, que entrega cada año la Federación de Escuelas de la Imagen y el Sonido de América Latina, a la cual pertenece la Licenciatura en Cine de UPAEP. Esos 8 films –por si el lector quiere regresar a ellos– fueron: Los tiburones (Uruguay); Rojo (Argentina); Infección (Venezuela); Chéche-Lavi (México-EEUU; documental); Cuando cierro los ojos (México; documental); Perro bomba (Chile); Divino amor (Brasil), y Miriam miente (República Dominicana). Reitero que, como cada año, el criterio central es que sean largometrajes de directores latinoamericanos cuya edad no rebase los 35 años. Hoy completo la mirada, presentando el 9º título…

Flow. Documental chileno de Nicolás Molina, que establece como premisa una suerte de paralelismo vital –hermanable– entre las culturas que habitan las márgenes del río Ganges, en India, y del río Bíobío, en Chile. Está muy bien fotografiado y montado, y tiene momentos memorables, pero no consigue trascender su carácter de cine contemplativo o poético, que por igual está obligado a contarnos una historia. Confirma pues algo sabido: no basta mostrar bien, si eso no se pone al servicio de narrar (narrar algo, no importa qué). Nuestro Jurado decidió otorgar el Premio FEISAL a Divino amor, de Gabriel Mascaro, que con factura impecable construye una resonante alegoría de Brasil en los tiempos actuales, con un original relato cuyo giro final trasciende con creces el término imaginativo. Además entregamos dos menciones honoríficas: a Perro bomba, de Juan Cáceres –un apunte crítico válido e inquietante– que dedica una mirada tanto sutil como poderosa al tema de los migrantes marginales y el racismo que también padecen en la América Latina; y a Cuando cierro los ojos, de Sergio Blanco y Michelle Ibaven, película cuyo montaje de asociaciones termina por funcionar, haciendo evidente no sólo su intención crítica, sino también, más fuerte, la urgencia –humanitaria– de acabar en el país con las injusticias que describe.

Y para cerrar el tema del FICG, comento que como jurado tuvimos la ocasión de ver una película más –muy lograda– que a fin de cuentas no pudimos considerar para el Premio FEISAL, en virtud de que Luke Lorentzen, su director, es estadounidense y no latinoamericano. De todas formas, aquí la reseño; su título es Familia de medianoche. Es un documental que parte del hecho, alucinante, de que en la Ciudad de México sólo hay 45 ambulancias públicas de emergencia, para casi 10 millones de personas. Se ocupa de la familia Ochoa como una suerte de “alternativa”: son paramédicos privados, no registrados, que cobran sus servicios de traslado y atención (azarosa, pero eficiente) en una jungla nocturna de fatalidades, oportunismos, negligencias y corrupción. Un film alternativamente jocoso, doloroso, surreal –espeluznante a ratos– realizado sin morbo y con refrescante azoro. Reitero: por mucho que nos gustó, no pudo tomarse en cuenta para algún eventual reconocimiento, respetando los criterios de FEISAL.

Cambio de tema, en el poco espacio que queda. Ahora mismo exhiben dos películas (y se viene una tercera en el mismo tenor) nucleadas en torno a jóvenes inmersos en crisis severas, que encuentran sólido apoyo en sus familias, o al menos en uno de sus miembros. Son Beautiful boy, de Félix van Groeningen, con Timothée Chalamet y Steve Carell, y Corazón borrado (Boy erased), de Joel Edgerton, con Lucas Hedges, Russell Crowe y Nicole Kidman. En la primera, el chaval enfrenta el infierno de las drogas; en la segunda, el “afectado” –hijo de un religioso– es sometido a una terapia anti-gay, para “enderezar su camino”. Las dos son películas importantes, teniendo Beautiful boy un tono más intenso, cuasi-trágico incluso. En ambos casos, las actuaciones son de primer nivel.       

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