La primera vez que vi Las niñas bien, de Alejandra Márquez Abella, me gustó mucho; la segunda vez, superó en todo a esa primera impresión. El guion es de la directora, inspirado, cual se sabe, en los personajes de Guadalupe Loaeza. Aunque el título y sus posters de vestíbulo te remiten a la idea de una comedia, no es una película que transite por ahí. Tampoco sucumbe a la tentación del melodrama. En cambio –lo dije en este espacio hace ocho días– al no hacer ni caricatura ni parodia de sus personajes, ni tampoco centro de abuso sentimental, la cinta construye su fuerza en observarlos, en desdoblarlos, en adivinarlos, ante su necesidad esencial de entender tanto el origen como los rumbos de sus motivaciones. Corre 1982, último año de José López Portillo en la presidencia. Sofía (Ilse Salas) es una “niña bien”, casada con Fernando (Flavio Medina), su “par” en cuanto a buena cuna, heredero y dueño de una empresa dedicada a los negocios internacionales. La vida de Sofía es plácida y discurre de la forma esperada, entre amigas del jet-set, dinero para gastar y tarjetas para firmar; jugar tenis y disfrutar de masajes y tratamientos; aparecer en galas y organizar fiestas de cumpleaños. Incluso, con la ocasional necesidad —ces’t la vie— de alternar con alguna “nueva rica” advenediza. Con absoluta conciencia, Sofía vive “como princesa”, exactamente igual que su círculo cercano –y cerrado– de amigas. Tal vez sea Julio Iglesias lo único que le falte.

Pero algo (o mucho) empieza a ir mal en México y, por ende, en la empresa de Fernando. Casi imposible de entender, porque las crisis siempre han sido de otros, para otros. Así, de un día para otro, en la vida de Sofía comienzan los hechos inusitados: su tarjeta es rechazada, y sus cheques, devueltos; la servidumbre deja de recibir sus pagos en tiempo y forma, e incluso varios del personal de servicio abandonan la casa. Y tal vez lo más inesperado: las amigas de Sofía empiezan a evitarla. Primero, tímidamente; de forma más y más evidente, al paso de los días. La voz se corre entre las otras niñas bien: Sofía está arruinada. Una princesa menos en palacio, si bien de las principales. Es cuando Sofía intuye que debe replantear, ceder, reinventarse; el truco es hacerlo sin que sea evidente, como si tal cosa. Al final del día, se guardan las apariencias porque, en el tipo de mundo de Sofía, las apariencias no sólo importan: son mandatorias. 

Las niñas bien –dirigida y actuada notablemente– se cuenta, no hay duda, desde el rostro de Ilse Salas. Un rostro alerta, sensible, completamente generoso en cuanto a revelar lo que siente, eventualmente lo que piensa, y cuánto la estremece eso que siente y piensa. Un rostro transparente (enmarcado con precisión, casi al límite, por la cámara de Daniela Ludlow) que en efecto es punto de partida –pero también transcurso, y frecuentemente conclusión– del mapa de todo eso que a Sofía le sucede. Con tan sólido sustento, no es de extrañar que Las niñas bien encuentre con seguridad, con naturalidad, con certero oficio, los caminos ideales para contarnos esta fábula de apariencias, de artificios, de intrigas y desengaños, que encuentra catarsis en su escena final, en la que cenan juntos el matrimonio de nuevos ricos y –sí– el matrimonio de nuevos pobres (ya el espectador sabrá por qué). Una cinta pues imprescindible, que encontrará con cada nuevo día un lugar más y más de privilegio en la élite contemporánea de las películas mexicanas destacadas. E igual que a los mencionados Ilse Salas y Flavio Medina, aplausos por sus respectivos trabajos a los demás del ensamble; en especial Cassandra Ciangherotti (Alejandra), Paulina Gaitán (Ana Paula, la “nueva rica”) y Johanna Murillo (Inés). Ojalá todos vean Las niñas bien.

Por último, también corran a ver Todos lo saben. Innecesario explicar por qué cuando dirige Asghar Farhadi y en el reparto están Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín. Agreguen además a Carla Campra como Irene, cuya desaparición detona todo.

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