Hace precisamente un año, programada como parte de la Quincena de Realizadores, pudo verse en Cannes Cómprame un revólver, de Julio Hernández Cordón, que ahora encuentra corrida comercial entre nosotros. Ubicada en un México distópico de fecha incierta (presumiblemente en el futuro inminente), seguimos su argumento desde los ojos de Huck (Matilde Hernández Guinea), una niña de pocos años que vive con Rogelio (Rogelio Sosa), su padre adicto, en un camper estacionado justo en el campo de béisbol que el hombre mantiene y cuida. Sus dueños –de ese campo, de Rogelio, del país entero, de todo y de todos– son los narcos, que ya definitiva y contundentemente ganaron la partida y se han apoderado del país, con una violencia brutal, impune y discriminada. Un país en el cual, además, ahora hay pocas mujeres: han ido desapareciendo, en el cruel escenario de las circunstancias vigentes.

Es por eso, y por muchos riesgos más, que la obsesión de Rogelio es proteger a su hija. Lo entiendes más a plenitud al enterarte de que ya ha sido despojado de su mujer y de su hija mayor. Así, obliga a Huck a usar máscara y casco para ocultar su género. También, la encadena de un tobillo para evitar que, en un descuido, se roben a la niña. Como sea, ella habla de que su padre “tiene suerte”, porque transcurren los días y sigue vivo, además de que el Capo principal sabe de Huck y le ha permitido conservarla (al menos de momento). “Mi padre va a heredarme su suerte”, nos entera la pequeña en su carácter de narradora. Y tan segura está de ello que, en un momento definitorio, de crisis extrema, Huck asume un liderazgo comprometido, hermanada con su “ejército” de amigos: un puñado de niños de su edad arrancados de la literatura relativa a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Tal es el impensado soplo de esperanza de la cinta de Hernández Cordón: “¡Extra, extra! ¡Por ahí deambula una heroína pre-adolescente que podría recomponernos! ¡Extra, extra!”.

Cómprame un revólver es punzante en su mirada, escalofriante en su planteo y, sí, demoledora en cuanto a sus preocupaciones. Todo eso la hace valiosa, imprescindible incluso. Pero debe decirse que también deja la sensación –aunque uno los suponga o “adivine”– de que hay aspectos no suficientemente explicados (la merma en la población de mujeres, por ejemplo) y, por igual, de que le faltó tiempo para la hondura y los matices demandados por el carácter de los temas a los que alude. Temas como la supervivencia, como el azar (lo que Huck llama “suerte”) y, esencialmente, como la posibilidad (más y más latente) del no-futuro. Vamos: permea la percepción de que la película no “explota” en toda su potencia; que no alcanza por completo, sino sólo a medias, todas sus lacerantes implicaciones. Tanto así que, incluso, el desarrollo de Huck como protagonista (la narradora, ¿recuerdan?) queda en mero trazo, cuando sorpresivamente está más acabado el perfil de Rogelio, su padre. Los demás –esos niños aguerridos, el Capo, su séquito– son apenas un delgado esbozo subsidiario. No obstante, Cómprame un revólver es, como lo adelanté arriba, una película que en definitiva hay que ver. Sin endiosarla y sin obviar todo eso que no alcanza ni pudo ofrecer con mayor resonancia, pero otorgándole la atención y el respeto que merecen obras como esta, dispuestas a poner el acento –el dedo en la llaga, pues– en cualesquiera realidades perturbadoras, por acuciantes y/o por dolorosamente latentes. Así pues, cómprense una entrada y acérquense a Cómprame un revólver.

Para concluir esta columna, refiero la llegada a cartelera de Aladdin –una versión de acción viva de los Estudios Disney– dirigida por Guy Ritchie. Will Smith encarna al Genio, quedando el rol de Aladdin en el egipcio-canadiense Mena Massoud. No hay que ser “genio” para saber que tendrá muy buena taquilla. En todo caso, habrá que frotar la lámpara para conseguir boletos para sábado y domingo de su primer fin de semana. 

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