Un sol tenue y una daga con filo de un solo lado

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A veces entras en racha y ves películas que nomás no te gratifican, aunque alguna de ellas venga precedida de buenas críticas (la opinión de los críticos es la suya, no la tuya). Lo digo porque me asomé al melodrama El sol también es una estrella (The sun is also a star), de Ry Russo-Young, y a la (relativamente) “arty” La daga en el corazón (Un couteau dans le coeur), de Yann González, que tienen ciertos méritos, pero que –a mi juicio– no alcanzan a concretarse como cintas mayores o, al menos, significativas. 

El sol también es una estrella tiene que ver con Natasha (Yara Shahidi) y Daniel (Charles Melton), dos jóvenes que se conocen en medio de sus respectivas encrucijadas: ella (y su familia) frente a una inminente deportación –son jamaicanos, de estancia irregular en EEUU– y él, hijo de inmigrantes coreanos, inconforme e incierto ante la presión de estudiar medicina y convertirse en el primer profesionista de su clan en norteamérica. Ambos se atraen y se necesitan, pero las circunstancias señalan que la posibilidad de un futuro para ellos, en lo individual y como pareja, pende de alfileres; literalmente, de lo que resulte en las 24 horas siguientes. El planteo es sugerente, sí, pero lo consecuente, su desdoble, no marcha del todo. Primero, porque no hay suficiente empatía entre los personajes y el espectador, al estar aquellos sub-escritos; es decir, insuficientemente desarrollados. Y también, porque a la película le falta ritmo: se tarda (o estaciona) en momentos que no son nucleares y pasa demasiado rápido, abruptamente, por esos otros que son definitorios. Si sumas eso, lo que experimentas como público es normal: no te importa suficientemente lo que suceda a Natasha y Daniel. No es que El sol también es una estrella sea un film “malo”, pero sí es uno menor, delgado, de fórmula, lo que lo hace tanto frágil como rutinario. 

Por su parte, la francesa La daga en el corazón –bien tratada por la crítica– tiene que ver con una directora de cine gay porno (de bajo presupuesto) a la que abandona su editora y amante. Muy afectada, la cineasta se empeña en recuperarla a través de películas más ambiciosas (aunque igualmente porno). Pero además surge otra calamidad, más grave: algunos de sus actores van cayendo asesinados, lo que permea a todo lo demás –y a toda su troupé— de miedo y confusión. A partir de este universo imaginativamente ilustrado, el director González propone más un ejercicio creativo sensorial, de atmósferas, de estímulos, que una cinta en la que la tensión del argumento, la preocupación por los personajes y la progresión dramática cobren peso y relevancia. Una mala noticia, en la medida en que no se solventa la tradición del cine de contar una historia –con todos los recursos al servicio de hacerlo lo mejor posible– en vez de entregarnos (más bien) esa suerte de experiencia para los sentidos, que deja al espectador la tarea de “traducir” los eventos y “pistas” en esa trama necesaria para que lo demás cobre sentido. Desde luego, hay audiencias para films como La daga en el corazón, a las que les basta su “look” de performance, su atractiva puesta en escena (no convencional), los alardes fotográficos, su fauna de personajes pintorescos y, claro, su identidad global de cinta “para adultos”. Otros públicos, en cambio, tenemos muy definido que eso no nos alcanza.    

 

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