Hace ocho días mencioné en este espacio que haría un comentario más amplio sobre The art of racing in the rain, de Simon Curtis, film que en México recibió el simplón (y artificial, claro) título de Mi amigo Enzo, aludiendo al “narrador” de la película: un Golden Retriever al que le presta voz Kevin Costner. Enzo no sólo adora e idolatra a Denny (Milo Ventimiglia), su dueño, sino que también, como lo es él, querría ser corredor de Fórmula 1, o por lo menos participar de la experiencia. Conocemos a Enzo desde cachorro, justo el día en que llega a casa de Denny para convertirse en su mejor amigo. A partir de eso, Enzo no sólo será compañero inseparable, sino también una suerte de testigo/conciencia que observa los avances y eventos de su grata vida con Denny, concluyendo que no existe algo mejor que esa relación entre ambos, enriquecida además por ese otro factor excitante y maravilloso: las carreras de autos, con su velocidad y adrenalina. Y como si tal cosa, Enzo nos entera, temprano en el film, que se siente “más humano que perro”, lo cual casi seguro lo autoriza a filosofar sobre lo que significa “volar” en una pista mientras piloteas un bólido de alguna escudería famosa. Ahora bien: el inteligente can descubre, en paralelo, que todas esas premisas fundamentales “para correr”, por igual aplican –y no poco– para una vida diaria significativa. Es esto lo que hace que Mi amigo Enzo no meramente sea una película “simpática” u “ocurrente”, sino también una de ecos resonantes, a partir de asertos que, más y menos, se sienten esenciales, o al menos dignos de reflexionarse. Así pues, la “sabiduría” canina repercute en un disfrute doble. Recorramos algunas de las perlas de Enzo

Esta, de inicio: “Cuando un piloto tiene el valor de crear sus propias condiciones, la lluvia en la pista se queda sólo en lluvia”. Reconocible y cierta; porque, contando con que surgirán obstáculos, son nuestras previsiones sobre eso que podemos controlar lo que podrá minimizarlos. ¿Y qué tal esta otra? “Los mejores pilotos no se ocupan del futuro o del pasado; los mejores pilotos tienen como único foco al presente”. Por olvidar esto, gastamos mucho tiempo lamentando y aplazando. Y esta: “Nadie sabe qué curvas pueda presentarte la vida”; justo la razón por la cual hay que estar preparados para tomarlas (y acelerando, como se debe). Finalmente, la siguiente: “Cuando corres, tu auto va adonde tus ojos van”; como en la vida, en la que si te empeñas, de común llegas a esas metas en las que has puesto la mirada. Mucha sabiduría, pues, la de Enzo; aprovechada en una película que la encauza a través de una historia de familia, de relaciones, de alegrías y tristezas, de afectos compartidos y de desencuentros inevitables. Y no es que el cine necesariamente deba dar lecciones de vida, pero lo intenta y lo consigue a veces. Mi amigo Enzo –como Yesterday— es una de esas crowdpleasers que normalmente se agradecen, aunque con frecuencia provoquen que la crítica frunza el ceño. Peor para la crítica, supongo.

Cambio de asunto; recién terminé el draft definitivo de un nuevo libro, que llevará por título 120 películas, en breve y a fondo. Pretende ser justo eso: comentarios concisos, pero de obligada hondura, a ese número de films –comerciales y que no lo son; ficciones y documentales– que por las más diversas razones merecen una reflexión algo más puntual y (ojalá) resonante. El texto incluye cintas de los cinco continentes, algunas muy conocidas y otras no tanto, o apenas. ¿Algunos de los títulos revisados? Estos diez, por ejemplo: Los adioses, de Natalia Beristáin; De hombres y Dioses, de Xavier Beauvois; La forma del agua, de Guillermo del Toro; Mar adentro, de Alejandro Amenábar; El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella; Silencio, de Martin Scorsese; El sur, de Víctor Erice; Una separación, de Asghar Farhadi; Un hombre irracional, de Woody Allen, y ¿Adónde vamos ahora?, de Nadine Labaki. Aún no entra a imprenta, pero llegado el momento, ojalá reciba el mismo interés y aprecio que otros de mis libros previos. Ya Dios dirá. 

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