El domingo pasado, luego de levantarme con la acostumbrada rutina, me invadió una fuerza extraña y tenía antojo de un buen desayuno, aunque no tenía claro qué. Al filo de las diez de la mañana, el antojo no cedía; fue entonces cuando se me atravesó un mercadito dominguero.

Empecé a caminar y lo primero que compré fue el jugo de naranja recién hecho. Sólo pedí medio litro, considerando que había decidido entrarle un poquito a todo lo que a mi paso se me antojara. A la distancia empecé a escuchar: “lleve de mole, lleve de dulce, lleve tamales…” y fue entonces cuando supe lo que haría complemento a mi desayuno. Pedí un atole de arroz, un tamal de dulce y cuando estaba a punto de pedir los de mole y rajas me detuve, pensando en que buscaría algo más.

Cuando vi un puesto de fruta, supe qué era lo que hacía falta mi desayuno: una rica ensalada frutal con miel, granola y un poco de yogur serían suficientes por ese día y para saciar mi antojo. Sin embargo, cuando me acercaba al mencionado puesto escuché: “tamaaaales de elooootes…”.

Y sí, preferí un par de tamales de elote a la fruta, por que tenía mucho tiempo sin comerlos. Aunque faltó la crema, el queso fresco y la salsa para acompañarlos, estuvieron deliciosos.

Ya cuando me marchaba y disponía a disfrutar de mi antojadizo desayuno, encontré a un vendedor de agua fresca; pedí la correspondiente de tamarindo y me marché.

En la foto no se puede apreciar lo delicioso que estuvo mi desayuno, pero estuvo riquísimo, creo que voy a instaurar los domingos de antojo por la mañana.

/Win

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