[dropcap]R[/dropcap]eviso la información de diferentes diarios en los tiempos recientes, periódicos de diferentes tendencias, unos más objetivos y otros claramente financiados por personas o grupos con intereses inmediatos y específicos, y por ende parciales a sus patrones, y encuentro un común denominador: la violencia.

El tono de la información es diferente y los comentarios editoriales corresponden al talante de cada medio, pero todos tienen lo que antes se denominaba «nota roja» en la primera plana.

Es que México se ha vuelto un país sumamente violento; desde las atrocidades de Iguala o de Tlatlaya, hasta los ciento cincuenta muertos a balazos en un solo mes en Culiacán; desde las decenas de cadáveres que aparecen día con día en fosas clandestinas, hasta la madre e hija asesinadas en el norte del país; desde el alcalde electo de Jerécuaro, hasta el grafitero baleado por un jefe policiaco en San Pedro Cholula. Todos los días, en todo el territorio nacional hay violencia. Gremios como el de los periodistas trabajan en peligro constante y hay frecuentes agresiones en su contra, en algunos lugares muy marcadamente, como en Veracruz.

Además, la violencia cotidiana de la que nos enteramos en reuniones familiares y sociales; al hijo de alguien lo asaltaron en su casa y lo golpearon brutalmente; al hermano de un amigo lo secuestraron para exigir un rescate; a un conocido empresario le exigen un pago para no dañar a su familia. Y no estamos hablando de millonarios poderosos – a esos no les pasa nada, tienen guaruras y protección de jerarcas del gobierno -. Hay gente a la que extorsionan hasta por cientos de pesos, dueños de tienditas o pequeñas empresas donde trabaja la familia. Y las calles y carreteras son tierra de nadie, lo mismo te arrancan una cadena del cuello, el celular o el reloj, que los aretes y media oreja a alguna indefensa mujer en el centro de la ciudad; o te arrojan una piedra al parabrisas o simulan un accidente automovilístico en el camino para despojarte de lo que lleves.

Las autoridades encargadas de proteger la vida y los bienes de las personas – su obligación primaria – han sido rebasadas por la delincuencia. En todos los niveles de gobierno, nacional, estatal y municipal.

Pero lo que yo veo con mucha preocupación es que los ciudadanos nos estamos acostumbrando a vivir con esta violencia, ya no nos sorprende nada ni, esto es lo peor, nos indigna lo que sucede. Estamos perdiendo valores humanos. El tejido social se esta desintegrando y nosotros con él.

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