[dropcap]C[/dropcap]uando el Cardenal Jorge Mario Bergoglio fue electo Sumo Pontífice se dijo que era el Papa que venía del sur, como en su momento se dijo que Karol Wojtyla, San Juan Pablo II, era el Papa que venía del frío. Y es que si este venía de la helada Polonia, Francisco llegó de la Argentina, del sur profundo de América. Creo que caben otras analogías, además de las geográficas, sustentables en sus orígenes diversos.
Juan Pablo II venía del comunismo soviético, de la guerra fría, del absolutismo persecutor de las ideas y de toda disidencia. Por eso fue, aparte lo religioso, un Papa político, de ideología contraria al totalitarismo y, lógicamente,  admirador de las formas democráticas occidentales, en contraposición a las que vivió en su patria. Él, Mijaíl Gorbachov, Margaret Thatcher y Ronald Reagan cambiaron un mundo, derribaron la churchiliana Cortina de Hierro y transformaron la faz europea.
Entre Wojtyla y Bergoglio hubo un Papa, Benedicto XVI, que comprendió que este no era su tiempo y renunció. Joseph Ratzinger, teólogo destacado, supo ver a la Iglesia del siglo XXI en su realidad y entendió que sus cualidades no eran las necesarias para el momento. Habrá que agradecer su buen juicio y su generosidad.
Bergoglio viene del sur donde reina la pobreza, la injusticia y la desesperanza; en todos los sures de todos los mundos, en todos los tiempos. Con su nombre, Francisco «el pobrecito», eligió su misión. Después del Papa político y moderno y del intelectual sólido, llegó el Papa pastor, el que se preocupa por su grey; y se preocupa por lo básico: la justicia, la alimentación, la educación, la salud. La encíclica Laudato Si´, las homilías frecuentes, los discursos formales, nos muestran a un Papa preocupado por la destrucción de nuestro mundo que es consecuencia de la degradación de los valores humanos fundamentales. El dios dinero, dice, que denigra al ser humano.
Bienvenido a casa, Francisco, al sur que trasciende lo geográfico, al de la miseria, la ignorancia, el dolor, la sangre, la muerte; a ese sur que necesita ser visto en su brutal realidad para que no sea ignorado. Gracias por intentar arrojar a los mercaderes del Templo, por dejar que la luz entre en la Iglesia para no puedan ocultarse en su penumbra los modernos fariseos.

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