La película de moda en todas partes, con muy buena taquilla, es –claro– Érase una vez en Hollywood, el 9º largometraje de Quentin Tarantino, ubicado en Los Ángeles a fines de los 60s. Sus 161 minutos ilustran tres días: dos de febrero de 1969 y otro de agosto del mismo año, con tres personas como protagonistas centrales: el actor Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), sufriendo el aparente declive de su carrera; su “stunt doble” Cliff Booth (Brad Pitt), que vive el día a día sin más presión que la de animar a su cada vez más inseguro jefe, y Sharon Tate (Margot Robbie), la joven esposa del director Roman Polanski, actriz también, quien escala en su aún incipiente carrera y además está embarazada. Las existencias de los dos primeros fluyen unidas (sus nombres en cursivas indican que son personajes ficticios), destinadas a acercarse a la de Tate en la febril noche del tercer día, cuando los eventos se tornan tarantinescos en definitiva. Y a lo largo de todo, referencias al universo del cine y del pop a diestra y siniestra: además de “Roman y Sharon”, Steve McQueen, Bruce Lee, Jay Sebring, Sam Wanamaker, Connie Stevens, Mama Cass y Michelle Phillips, entre otros. En cuanto al contexto histórico (porque no olvidemos: es 1969 en Beverly Hills), lo que rodeó a Sharon Tate: Charles Manson y su familia, por si alguien pensaba que la historia es intocable y no puede (o debe) cambiarse.

Aunque resulta claro que funciona (la referencia primaria es el evidente beneplácito del público), Érase una vez en Hollywood se toma varias concesiones, algo que desde hace años permiten a Tarantino los producers hollywoodenses. De inicio, podría durar 20-25 minutos menos, pero QT insiste en que veamos conducir (alternativamente) a Sharon, a Polanski, a Cliff, desde Cielo Drive hasta cualquiera que sea su destino final. Insiste también en ciertas escenas y flashbacks que uno podría considerar prescindibles. Pero como todo lo anterior es divertido y aporta al clima y “dibujo” del mood de Hollywood y de la época, le dejan lugar aunque muy poco aporte a los eventos. De hecho la anécdota de la película es delgada, a pesar de sus casi tres horas de duración: mientras un actor semi-olvidado busca alternativas que le permitan seguir vigente y (aunque sea poco) en el horizonte del público, la vida en Los Ángeles y en la Meca del Cine late hacia adelante, entre todos esos rasgos de identidad de los 60s; comunas, hippies y protestas por la guerra de Vietnam. Esto, más bien un pretexto para que Tarantino ejerza su nostalgia sobre una época que vivió sin relieve, siendo apenas un párvulo.

En consecuencia, Érase una vez en Hollywood es más una película sobre la habilidad formal de narrar que sobre lo narrado, si bien las revisiones genéricas están siempre presentes y en pista central. El de Tarantino se ha convertido en un cine que prácticamente ya no tiene “clase media”: o se le aplaude e idolatra con entusiasmo, o se le enjuicia como algo meramente “apantallante” y por ende descartable. Lo curioso es que no se trata de las respectivas posturas de público y crítica, sino que más bien hay público y crítica en ambas geografías. Ahora bien: si defendemos que el cine predominantemente es disfrute (espero que eso siga vigente), tal aserto inclina la balanza en favor de QT y termina por darle la razón. En especial con Érase una vez en Hollywood, cuyos 161 minutos discurren sin dificultad, sorprendiendo una y otra vez, casi en cada escena, con ocurrencias, decisiones y giros variopintos, que en principio están no para el gusto del espectador, sino para el gusto y deleite de Tarantino himself, que tiene claro qué le gusta al público a partir de lo que le gusta a él. Y como los 90 millones de dólares de presupuesto tradujeron ya en 400 millones de recaudación –en sólo un par de semanas de exhibiciones– no hay cómo crucificar al nacido en Tennessee, que vuelve a ganar un partido por goleada. Claro, esto no es futbol; pero más allá de la analogía, el resultado se demuestra cuasi-incontestable.

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