El portal atípico, el padrino irrepetible

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No es infrecuente que uno como cinéfilo se empeñe en buscar algo más, algo distinto, más profundo. Por eso llamó mi atención saber de un documental que está por estrenar en EEUU. Se llama El portal y me permito citar aquí lo escrito sobre él por Tom Cronin, uno de sus guionistas: “¿Qué pasaría si 7 mil millones de personas meditaran? ¿Cambiaría la trayectoria de nuestro planeta? Este documental experiencial sigue a seis personas (y un robot) que transforman sus vidas usando quietud y plenitud mental, brindándonos inspiración mientras embarcamos hacia la siguiente fase evolutiva. Sustentado en revelaciones de tres de los más vanguardistas filósofos y futuristas, El portal abre corazones y mentes a una excitante visión de humanidad transformada, a través de un viaje de plenitud racional; un tapiz de tecnología, amor, existencialismo, potencial humano, pirateo cerebral, quietud y paz interior”. Releo esto y de cierta forma intuyo –a partir de esa descripción– que El portal lo mismo puede ser una obra sublime que una broma, pasando por la posibilidad de convertirse (bendito cine, que lo permite casi todo) en un film de culto. Como sea, sí que se antoja verlo, pero dudo mucho que vaya a llegarnos vía sala cinematográfica. Primero, por la descripción anterior, que de inmediato sugiere ser más un viaje que un trabajo de posibilidades comerciales; y segundo, porque los documentales no son precisamente frecuentes en los complejos cinematográficos, lo que deriva también en que el público esté desacostumbrado a pagar por ellos.

Hasta el momento, ¿qué más se sabe sobre El portal? Que es la ópera prima de Jacqui Fifer, de producción australiana; que se filmó en locaciones de Australia, Jordania, Canadá y EEUU; que su “tagline” es Calma tu mente, abre tu corazón, transforma al mundo; que dura 88 minutos y que, en apariencia, esencialmente responde la pregunta ¿Cómo podemos cambiar verdaderamente al mundo? También (según una opinión en la IMDb) que “presenta historias encaminadas a crear una experiencia que yuxtapone caos y calma para cambiar el estado emocional y psicológico de la audiencia, invitándola gradualmente a un estado meditativo, a experimentar su propia metamorfosis y a descubrir eso posible para la humanidad si miles de millones cruzamos por el portal”. Finalmente, se le menciona como un documental rico en lo visual y poderoso en lo sonoro; un film de carácter muy sensorial que, consecuentemente, tiene corazón (y no pequeño). Habrá pues que buscarlo, anticipando que será más bien limitada la audiencia que pueda alcanzar.

Pero regresemos a la ficción clásica y nostálgica, recordando que la irrepetible saga y trilogía El Padrino inició hace ya 47 años –en 1972– justo con El Padrino, la entrega original, sobre las actividades de la famiglia Corleone y el emporio resultante, construido por su Don, Vito Corleone, desde la lógica de formular a sus contendientes una oferta “imposible de rehusar”. Fue la película que nos unió por completo y para siempre a Don Corleone (Marlon Brando); a sus hijos Michael, Sonny, Fredo y Connie (Al Pacino, James Caan, John Cazale y Talia Shire, respectivamente); a su hijo adoptivo y Consigliori, Tom Hagen (Robert Duvall), así como al clan en pleno y a sus colaboradores. Los conocimos, comprendimos y amamos a todos, más y menos. Vendría después El Padrino II, con los maravillosos flashbacks que nos llevaron al Vito Corleone joven –cauteloso, taciturno, pero enfocado y decidido– encarnado por Robert De Niro, igual que al relevo y ascenso del nuevo Don, Michael Corleone (Pacino), a quien sólo su padre llamaba Miguele. Y finalmente El Padrino III, el desencantado final de la saga, de tonos trágicos y, si me apuran, shakespearianos incluso. Una trilogía irrepetible como antes dije, toda dirigida por Francis Coppola. Sus primeras dos partes, no hay duda, películas fundamentales para justificar y confirmar el calificativo de Arte para el cine. ¿Habrá algún día El Padrino IV?   

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