Estrenó en Puebla y la región Judy, segundo largometraje de Rupert Goold, referido a la inolvidable Judy Garland, definida en la IMDb como “Una de las más brillantes, más trágicas estrellas del Hollywood de la era dorada. Un personaje sumamente querido, cuya calidez y energía, aunadas a su rica y exuberante voz, mantuvieron a los cinéfilos gozando de una colección de muy disfrutables musicales”. Aunque su carrera “consciente” inició propiamente en 1936, la celebridad le llegó a Garland pocos años después, muy chica (a los 17 años), por su interpretación de Dorothy en el atesorado clásico El mago de Oz (1939). Lo que después vino para ella fue la vorágine de la fama, el descontrol aparejado a su juventud, el inflexible y cruel control de los Estudios y, consecuentemente, una cadena de dolorosos, injustos, rasgos trágicos en su vida personal y profesional.

Judy concentra su narrativa en los tiempos de los conciertos de Judy Garland en Londres –invierno de 1968– poco antes de su muerte. Se encuentra sin dinero, sin residencia fija, con signos evidentes de alcoholismo y con la preocupación de perder la custodia de sus dos hijos pequeños, justo por su frágil situación. La actriz y cantante (entregada de manera sobresaliente por Renée Zellweger) acepta presentarse en Londres, aun sin estar en su mejor momento, porque le ofrecen muy buen dinero, que necesita de manera urgente para intentar revertir lo complicado de sus dilemas vigentes. Además de este presente, que permite ver cómo le va a Garland en sus conciertos, con todo lo que les rodea –altas y bajas, afinidades y desencuentros, sobresaltos– la película ofrece también recurrentes flashbacks a la adolescencia de Judy, en los inicios de su carrera, para mostrar los abusos esclavizantes a los que fue sometida por los Estudios cinematográficos mientras filmaba El mago de oz: dietas inhumanas, jornadas laborales de 18 horas, pastillas de todo tipo para “mantenerla”, prohibiciones cuasi-castrenses y chaperonas a sueldo, que más que eso fueron carceleras. Todo ello, de manera evidente, para sostener la tesis de que la triste situación de la Judy Garland adulta no es sino consecuencia lógica de aquellos abusos, ordenados y bendecidos por el productor y magnate Louis B. Mayer. Vamos: Judy es la mirada al postrer intento de Judy Garland –cuesta arriba– de salir adelante en pos de una vida compartida con sus hijos, después de años de un cuesta abajo trágico, oculto y maquillado por el oropel del glamour y la fama.   

¿Cuál es la estatura de Judy, cuyo tagline es Judy Garland: la leyenda detrás del arcoíris? Se trata de una película bien intencionada, pero menor a su enorme y bienamado personaje, realizada con agradecible simpatía hacia él, que no alcanza para el rango de homenaje. Comprensiblemente un melodrama (en esencia por los rasgos de los eventos londinenses), lo mejor de Judy es el trabajo de Renée Zellweger, un tour de force que incluye el hecho de que es ella misma la intérprete de las canciones escuchadas, entre las que están Somewhere over the rainbow, Get happy, Have yourself a merry little Christmas y algunas más. Un desempeño sensible, contenido, encarnando más que “replicando”, que a ratos genera la sensación de que Judy es un film algo mayor. No es así, pero se apropia de la indudable relevancia de Garland para sus mejores momentos, que quizá son esos en los que la entertainer sale al escenario a pesar de ella misma: a pesar de su honda tristeza, de su frecuente alcoholismo, de su fragilidad emocional. Salidas al escenario “imposibles”, que en su gran mayoría Judy convirtió en inesperados triunfos, justificando el diario “Concert sold out” mostrado por el letrero de la entrada. Concluyendo, una biopic que permite conocer al personaje en sus vertientes nucleares: backstage y on-stage, claro, pero antes que eso, a la luz de lo personal; de los íntimos rasguños, más y menos profundos, que la vida reparte. Rasguños que no pocas veces, para algunos, son más bien tarascadas.

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