Era un domingo de esos que parecen lunes. El zapping que mi dedo gordo izquierdo hacía se detuvo en alguno de los múltiples y aburridos canales que prometen todo lo contrario en el volante de venta de la compañía, esa que te pone una antenita gris en el techo. Me quedé dormido.
El estruendoso ruido de los disparos de lo que, según mi educado oído, debió ser un revolver Colt 45 interrumpió mi angelical sueño. Resulta que en la tele había una película que trataba sobre un gandul que apostó a su mismísima esposa en un juego de póker, y a la hora de pagar (pues obviamente perdió) la distinguida dama se negó a irse con su nuevo “dueño”, entonces, iniciaron los balazos (inserte aquí estimado lector -con el afán de ser más didácticos- la canción “Dos horas de balazos, de Chava Flores).
Carente de mi merecido sueño reparador y sin posibilidad de volver a conciliarlo me puse a recordar anécdotas sobre apuestas y a tratar de entender el afán del ser humano por “jugársela” a cada oportunidad.
Llegaron entonces a mi mente imágenes pixeladas (si me permiten lo geek de la expresión) de mi infancia, en las que el abuelo “desplumaba” a todo el que desfilara por esa mesita en el patio, en la que entre cubas y tabaco se jugaba al conquián. O la anécdota reciente de mi amigo y compañero de trabajo, que perdió su característica cabellera en un partido de fútbol, de la primera división A, a causa de su insipiente fervor por el equipo de su universidad. Recordé también haber sido testigo de que “El maestro lagunero” Blue Panther fue despojado de su máscara por Villano V, y la penosa escena de cada 6 meses entre Sergio Corona y el “Loco Valdés” pagando sus apuestas en el “clásico” entre Chivas y América, porque ya lo dijo Chente, “pa´ mi las deudas de juego, son siempre deudas de honor”.
Pero, ¿por qué apostamos? ¿Cuánto de gloria tiene esa condición, muchas veces ajena de nuestro control, de saber que puedes perder o ganar dependiendo de frágiles y múltiples circunstancias? No lo sé, pero recuerdo que las cascaritas en el barrio, eran siempre más emocionantes si se jugaba “de a chesco” y que muchas veces, al no tener con qué pagar me vi exigido al máximo para salir victorioso, costumbre que años después derivó en apostar unos cubos de cartón que en su interior contienen, casi siempre a bajas temperaturas, botellas de vidrio con un líquido extraído, principalmente, de la cebada.
Es entonces inherente a la raza humana, creo yo, la necesidad de ponerle sabor a cada competición yendo más allá de la victoria y el honor. Mi padre, por ejemplo, tuvo por mucho tiempo una yegua de carreras, no recuerdo una sola competición ganada, pero él se divertía.
La cuestión es cuando vas más allá y pierdes tu casa, tus bienes, tu herencia, o a tu mujer (lo cual en algunos aisladísimos casos, no debe ser tan malo) y pasas a perjudicar el sueño de inocentes espectadores al despertarlos a punta de pistola.
Por mi parte, dejé las apuestas desde que mi amado Necaxa dejó la primera división endeudándome, pero sobre todo, haciéndome blanco de burlas de todo tipo, puedo decir felizmente, que ahora sólo comulgo con la apuesta de pascal.
Foto: Fuzzy Gerdes
YouL