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¡A clases!

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Cuando tenía que regresar a clases venían a mi mente ideas extrañas. Que si el curso que inicia iba a ser muy bueno, que si iba ser el mejor promedio, que si ahora sí iba a ordenar mis libros de tal manera que no se maltrataran, entre otras cosas.

El buen deseo duraba algo así como tres cuartos de hora. Al término de la jornada escolar ya sabía que no sería así. La mochila regresaba hecha un desastre. Los zapatitos nuevos ya traían los tradicionales raspones de la batalla futbolera del recreo del día y hasta los pantalones portaban huellas de lo que sufre el jugador hábil.

Así era año con año. El tema de ir a comprar la lista de útiles, desde entonces, era un calvario para los papás. Evidentemente el niño quería los colores nuevos, las plumas, cartuchos y más, con olor a que se acababan de abrir. El asunto de reciclar no era lo mío.

De verdad admiraba a las compañeritas que tenían su caja de colores completa. Todos con punta. Ordenados meticulosamente. Eso sí, no fui ajeno a aquellas gomas enormes, que con sus expresivos colores rojo y azul, lucían imponentes y se convertían en armas perfectas para dañar la nuca del vecino de adelante. Obviamente nunca borré ni media palabra con esa goma.

Recuerdo con cariño los tenis “Panam” que se ubicaban en el gusto de los estudiantes, un poco a fuerza, por la facilidad que había de encontrarlos en todos lados y en parte, porque así lo solicitaban algunas escuelas.

Desde el primer día había que mostrar los utensilios que cumplieran con los requisitos. Las libretas forradas (por cierto, odiaba el plástico que se pegaba de manera irresponsable, ya que cuando sacabas un libro, invariablemente rompías la pasta de otra libreta) las etiquetas con nombre completo, grado y todos los datos necesarios para que no se te perdiera nada.

Qué recuerdos. En la actualidad muchas de esas cosas se repiten. Algunas, evidentemente se han modificado. Lo que les garantizo que no ha cambiado es la molestia cuando suena el despertador del primer día de clases, ni lo desagradable que es transitar por la ciudad en esos días. Bienvenidos a clases nuevamente.

Foto: Hsilamot

Manuel Frausto Urízar

Manolo

Dicen que soy una perfecta “mula”. Comunicólogo. Disfruto los generosos momentos que nos brinda el futbol, la música y el sarcasmo. Odio odiar. Me gustan los caminos cortos. Me aburren los laberintos. Fundamental, la lealtad. Indispensable, el agradecimiento. Decidido a combatir y el crimen y la injusticia día y noche, sólo descansando para tener amoríos con mujeres hermosas.