Hombre de palabras

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En la novela Noticias del Imperio de Fernando del Paso hay un capítulo titulado “Yo soy un hombre de letras”; cualquiera pensaría al leerlo que encontraremos a un escritor o a un jurista, a un intelectual de grandes luces narrando lo pertinente en este segmento de la novela. Pero no, este hombre de letras es un modesto impresor, un trabajador que arregla las cajas con que se imprimen los textos, un hombre común, un ciudadano de a pie. En ese sentido soy yo un hombre de palabras.

Quien escribe la novela de mi vida decidió a la mitad de la misma (si me cuido y tengo suerte) ponerme detrás de un micrófono para decir palabras y ante la siempre aterradora hoja en blanco (hoy pantalla que me provoca aun mas angustia) para escribirlas. Por mi cuenta, como personaje de Pirandello, decidí incursionar en otras actividades que me parecían importantes y que asumí como un deber para con los míos. En el prólogo, mi autor me había destinado a actividades prosaicas pero productivas, tanto que aun como de sus restos.

El caso es que otra vez me encuentro con el privilegio de la comunicación y esta vez en un medio que me es todavía más ajeno. Si me sigue asombrando que se eleven los aviones y el fax me sigue pareciendo un prodigio de tecnología se imaginarán como me siento en este universo cibernético que nos permite comunicarnos, en tiempo real para usar la terminología apropiada, con cualquiera en cualquier lugar. Yo, lo confieso, me sigo hallando más a gusto en el tiempo irreal y en el espacio imaginario de las novelas, por ejemplo.

Asumo esta circunstancia con entusiasmo y pasión como todas las de mi vida; sigo prefiriendo perderme en la pasión que perder la pasión. Espero contar con ustedes, ciudadanos comunes, como ustedes cuentan conmigo, un simple ciudadano de a pie que les ofrece este espacio como nuestro. Creo que en estos medios casi imposibles de controlar, la voz y la imagen, las redes sociales y demás, está la posibilidad de lograr, otra vez, lo que los privilegiados de hoy, políticos y televisoras por ejemplo, quieren negarle a la gente: el derecho a pensar, la libertad de decidir, la expresión independiente.

El tamaño, el peso, la importancia de las palabras, si son mayores o menores, lo decidirán los que las escuchen. Yo me limito a expresarlas, de buena fe, con la mejor intención, sin compromisos ocultos y con toda honestidad.

Al fin y al cabo, yo solo soy un hombre de palabras.

Foto: Rubí Flórez

José Luis Pandal Vega

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