¡Qué día!

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La lluvia no cesa. Transitar por este boulevard es muy complicado. Una señales indican que a partir de ese lugar,  la circulación se reduce a un carril. En el radio, escuchamos cómo va aumentando la cifra de muertos en el Casino Royale de Monterrey.

Las especulaciones, la indignación, los comentarios y el análisis, suenan  mientras seguimos avanzando. La tensión se siente en el ambiente. No nos gusta lo que se escucha. Nos imaginamos lo que puede pasar. Pasa por nuestra cabeza que el riesgo está en todos lados.

Avanzamos lentamente. Los otros coches quieren ganar el paso. Los camiones hacen gala de su fortaleza y tamaño para amedrentar al que pretende llevar el ideal del uno y uno. Estoy tranquilo. Escucho.

El momento se interrumpe por el claxon de la mayoría de los coches que están aquí. Los rostros molestos y las maldiciones llaman mi atención. Frente a mí, unos metros adelante, un coche rojo se observa detenido y desnivelado.

-¿Se salió la llanta?

– No sé

-Pero ¿cómo le hacemos para ayudarlo?

-Si quieres me bajo y pregunto qué le pasó.

-Vas

Observo un breve diálogo de Carlos con la persona que maneja el vehículo en problemas. De inmediato señala que el problema es que la llanta cayó en una alcantarilla abierta. Me detengo. Enciendo las intermitentes y me bajo del auto. Los que me rodean observan intrigados.

Otros tres se bajan de sus coches y se acercan.  El conceso es que todos levantemos el vehículo para poder sacarlo del problema. Lo intentamos de distintas formas. Rápidamente nos damos cuenta que no es posible así.

La mujer, a bordo del coche, nos dice: “¿y si meto reversa y lo empujan?”.

Uno de los presentes contesta: “no creo que sea buena idea. Está muy pegado el coche de atrás”.

Inmediatamente pienso los daños que puede sufrir mi coche, si los cálculos favorecen al que sugiere  riesgo.

Me ofrezco a conducir la unidad, total, si le pego, pues es mío.

La mujer agradece que la tremenda responsabilidad la lleve yo.

Todos cuentan: “uno, dos, tres”. Meto reversa y logramos sacar la llanta de la alcantarilla. Hemos cumplido. Coloco el auto en posición inmejorable para poder seguir avanzando. La mujer agradece, nos llena de bendiciones y pide todas las indulgencias para los presentes.

Abordamos nuestro transporte nuevamente. Carlos dice: “No es posible que nadie ayude y le piten a la chava”. Mi respuesta es en la misma línea: “No entiendo por qué suponen que a mentadas de madre, se solucionan los problemas”.

Volvemos a nuestro silencio. Seguimos escuchando lo sucedido en Monterrey, la cifra llega a 52 muertos. Volvemos al sonido del claxon. Volvemos a la tensión. Volvemos a la realidad.

Foto: Toni Verd

Manuel Frausto Urízar

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