La última y nos seguimos…

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En este momento, la cinta obligada –no la de moda– es la danesa Una ronda más (Druk), de Thomas Vinterberg, ganadora del Oscar a mejor película internacional en su más reciente entrega. También ganó el BAFTA, el Globo de Oro y otros 38 premios internacionales. En ella, cuatro profesores de un bachillerato de Copenhague, mejores amigos, ven pasar sus días en medio de la rutina y de alumnos desinteresados, con cada vez menos alicientes y satisfacciones. Ya cuarentones, cada cual atraviesa además por distintas encrucijadas familiares. Es justo cuando uno de ellos, Nikolaj (Magnus Millang), cuenta a los otros sobre una teoría que afirma que los seres humanos nacen con un déficit de 0.05% de alcohol en el cuerpo; un déficit que impide el desenvolvimiento óptimo de cada persona en el día a día de sus ámbitos intelectual, social y profesional. ¿La solución entonces, según la misma teoría? Sencillamente mantener en todo momento dicho “pequeño” índice de alcohol en la sangre, para estar siempre (24/7, suele decirse) alertas, agudos, chispeantes y cascabeleros frente a la vida. Al principio escépticos, Martin (Mads Mikkelsen), Tommy (Thomas Bo Larson) y Peter (Lars Ranthe) terminan por interesarse en lo que su colega les dice. Así –ante los grises contextos en que están inmersos– los cuatro tipos deciden experimentar si la teoría se prueba. Además, como académicos que son, acuerdan escribir el reporte de hallazgos de su “investigación”. Y en efecto, la teoría se prueba; pero también se sale de control ante lo espectacular de los resultados.

¿Alguien dijo que menos es más? ¿A quién se le ocurrió esa tontería?

Una ronda más es una película en verdad cautivadora, capaz de ser al mismo tiempo profunda y reconocible, dramática pero graciosa, tan reflexiva como ocurrente y, en el balance, además entrañable. A fin de cuentas, también es una película evidentemente triste, a despecho de su luminosa escena final (que se hará clásica en breve), que ofrece a la cinta y a la audiencia un inolvidable cierre optimista. El uso y abuso del alcohol es tema desde luego, pero el film de Vinterberg es más sobre la amistad y sus alcances; sobre los cambios en las relaciones de familia, conducentes a su reafirmación o su desgaste según el manejo que pueda dárseles; sobre cuán indispensables son las motivaciones diarias, no siempre surgidas desde la cordura, con los riesgos que eso implica. Todo esto, como cereza del pastel, impecablemente actuado por todos los actores del ensamble, si bien el trabajo de Mikkelsen resulta el más lucidor, en especial porque encarna al personaje (Martin) más desarrollado del argumento. En síntesis, Una ronda más bien se merece todos los elogios y reconocimientos que ha cosechado, contada con la aparente simpleza de la claridad, pero también con atento foco y rigor a sus intenciones. Y vuelvo a la notable escena final, confirmatoria de que la película jamás quiso juzgar de “malignos” los excesos que muestra.

Vinterberg describe la danza que hay en ella como “Un espejo del viaje en el que Martin estaba; una mezcla de emociones. Parte de él quiere volar y otra parte quiere ahogarse”. Según LA IMDb, dicha danza –aunque está en pantalla apenas un par de minutos– se filmó durante dos días, con Mads Mikkelsen bailando 4-5 horas por jornada. Ojalá que este film permanezca en cartelera un tiempo amplio, para beneficio del máximo posible de cinéfilos (que saldrán de la sala entonando “What a life!”, ya lo verán).

Para concluir, también exhibe en salas la cinta mexicana Los lobos, de Samuel Kishi, premiada en los festivales de Berlín, Guadalajara y La Habana, entre otros. En ella, llevando a sus pequeños de 8 y 5 años, una joven madre cruza legalmente hacia EEUU, en busca de una vida mejor para los tres. Empleada en dos trabajos para salir adelante, la mujer se ve obligada a dejar solos a los niños cada día, en el miserable y estrecho apartamento que consiguen. No precisamente Disneylandia. Ya ampliaremos sobre ella.

 

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