Somos de lo peor

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Somos de lo peor

¿Cómo se puede saber si eres la peor persona del mundo? ¿Qué se necesita para serlo? Así se llama —La peor persona del mundo— la película de Joachim Trier que ahora mismo exhibe entre nosotros, nominada al Oscar en las categorías de Film Internacional (Noruega) y de Guion Original. En ella, la treintañera temprana Julie (la fantástica Renate Reinsve), residente de Oslo, no sabe qué hacer de su vida: abandona los estudios de Medicina, porque –dice– lo suyo es “lo interior”, la Psicología; pero luego abandona la Psicología porque se descubre “muy visual”, con lo que opta por la Fotografía. De todas formas, su trabajo diario es como dependiente de una librería. En este recorrido, tampoco son estables sus relaciones sentimentales. Como Julie es agradable, atractiva y se relaciona fácil, tiene algunas parejas de ocasión, hasta su encuentro con Aksel (Anders Danielsen Lie), un creador (cuarentón) publicado, dibujante/narrador de comics. Su convivencia con Aksel aterriza bastante a Julie, pero eventualmente lo bota después de conocer a Eivind (Herbert Nordrum), un tipo amable que, igual que ella, no está interesado en tener hijos. Todo lo mencionado –puntos de partida, descomposturas, nuevos inicios y nuevas descomposturas– dándose siempre por decisiones (o indecisiones) de Julie, según sus parámetros y óptica, lo que de alguna forma la hace sentir a veces “la peor persona del mundo”, aun y cuando jamás es mal intencionada.

La peor persona del mundo arranca como comedia romántica, en un estilo que, por extraño que parezca, remite a algunas de Woody Allen de los 70s y 80s. Pero esto se diluye pronto, conforme life itself se le va echando encima a Julie, confundiendo más y más su existencia. Por ello es obligado un cambio tonal más hacia lo dramático, que tampoco es contundente ni definitivo: impera el retrato de personaje, pero en péndulo de nuevo hacia la comedia, para tomar impulso hacia el drama de un 3er acto conclusivo en el que las cosas se definen para Julie (ya sólo consigo misma) cuatro años después (e incluso, ¿360 grados después?). Menciono esto del 3er acto con cierta dificultad, dado que la película relata los avatares de Julie en “un prólogo, doce capítulos y un epílogo”, marcando y puntuando cada uno de estos segmentos. A lo largo de todos ellos, mención aparte merece el trabajo de Renate Reinsve. En su rostro, genuinamente luminoso, no sólo se dibujan sus sentimientos; en él también tienen lugar y reflejo el impacto de los eventos –claro– pero por igual los sentimientos y circunstancias de los personajes con los que Julie alterna, modulándose desde ahí el incierto crisol que es la urgente necesidad de encontrarle sentido a la vida, social, amorosa y profesional. Un crisol que se demuestra sinuoso y azaroso más que otra cosa, para propios y extraños.

En paralelo, hay que hacer notar que La peor persona del mundo se parece poco a otras películas que por igual bucean en esto de “vivir” en los tiempos actuales. Queda de manifiesto tanto en la mayor hondura de sus reflexiones y mirada, como en el empleo de algunos recursos –tanto imaginativos como atípicos– para enfatizar las intenciones de su narrativa. Como esa secuencia en que una epifanía (digamos) de Julie, literalmente hace que el tiempo se detenga mientras ella se lanza por las calles de Oslo en busca de quien, en ese momento, le parece encarnar al amor verdadero. También muy lograda es la escena del “viaje” alucinógeno de Julie, en esa tendencia suya de seguir probando, explorando, para por fin definirse, encontrarse y/o reconocerse. Es por la convicción de Trier que esta escena no traduce como grotesca, sino como reveladora de una Julie frágil que, acaso sin darse cuenta, parece más predispuesta al trayecto que a las metas. Casi lo natural para un film que reconoce a vivir, amar, relacionarse, como complicado y circunstancial en buena medida; o como ambiguo, al menos. Dios mío: cuántas “peores personas” habemos en el mundo.

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