Las vaporosas experiencias del Bardo

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Alfredo Naime

Bardo: falsa crónica de unas cuantas verdades –lo más reciente de Alejandro González Iñárritu– no es una cinta fácil de reseñar. Su núcleo es Silverio Gama (Daniel Giménez Cacho), periodista y documentalista independiente que dejó México veintitantos años atrás, huyendo de los “candados” a su trabajo por parte de los intereses económicos y políticos de las televisoras. Avecindado en Los Ángeles y muy exitoso ya, está por recibir un prestigioso premio, otorgado por la asociación de periodistas norteamericanos. Sólo que antes viaja a México, para un “homenaje” (en realidad una pachanga épica) que a su vez le ofrece el sindicato mexicano de periodistas. Esta vuelta al país –que le resulta íntima y de sacudidas– lo pone de cara no sólo con amigos y familiares, sino principalmente con una vorágine de recuerdos de sus raíces e identidad original, muy diversos y poderosos, pero por igual esquivos, desconcertantes, inquietantes. Todo eso influye en su percepción de esos días, que le revelan fragilizado aún en medio del éxito (ese del que “sólo conviene una probadita, para después escupir el buche, porque si no, te termina envenenando). En el viaje, a Silverio le acompaña su familia –mujer y dos hijos– que además de brindarle su cariño, también cuestionan las vaporosas “certidumbres” del esposo y padre, que (les parece a ellos) obedecen más a lo que mejor ajusta en cada determinado momento, que a convicciones totalmente definitivas. Todo, preámbulo del retorno a Los Ángeles para la ceremonia de su reconocimiento, que pudiera o no estar vinculado a ciertos amarres del poder gringo. Sólo que el Silverio que regresa es uno más emocional y conmovido, con sus encrucijadas más acuciantes que nunca.

Rodada en material de 65 mm, Bardo: falsa crónica de unas cuantas verdades es un film que entiendes, pero que cuesta trabajo precisar. Se construye de escenas oníricas, imaginadas y factuales; hace al tiempo elástico e hiper-dramatiza los espacios (en especial las imponentes geografías), a partir de una visualidad –la fotografía es de Darius Khondji– que impresiona hasta cuando no se justifica. Surge así, desde el principio mismo, el sentimiento de lo surreal; una fusión, plena de lirismo, de lo onírico-metafórico-histórico-simbólico, articulada para una narrativa que explora el pasado como medio para entender las elusivas facetas del presente de Silverio…y de México. Los “qué y por qué” –en la memoria del personaje– de sus flaquezas y temores, así como los de la mexicanidad, de la ética profesional, del desgaste de la política, del éxito artificioso, de la fama basada en efímeros likes y, sobre todo, de las dinámicas de familia, frente a las cuales la redención se hace fuego obligatorio. En fin, de todo eso que significa existir, con todas dudas del caso.

Sobra pues decir –pero es inevitable– que Bardo: falsa crónica de unas cuantas verdades es la película más personal de Iñárritu a la fecha. Es para él, en un paralelismo, lo que 8 y medio para Fellini; lo que Roma para Cuarón. Aquí Silverio es “el Negro”, no hay duda, entregado por Daniel Giménez Cacho en un trabajo superlativo: un verdadero tour de forcé interpretativo, dado que virtualmente está en todas las escenas. Y tan es Bardo la más esencial y propia de las cintas de Iñárritu, que Alejandro lleva también los créditos de productor, coguionista (con Nicolás Giacobone), edición y música. Los 152 minutos del film tienen de todo –más y menos satisfactorio– con 4-5 momentos excepcionales (alguno, en el marco del reventón en el Califas de Calzada de Tlalpan). Mi favorito, bellísimo, el que tiene lugar en el ritual de la playa, con Silverio y su familia: Lucía (Griselda Siciliani), Camila (Ximena Lamadrid) y Lorenzo (Iker Sánchez Solano), por igual de gran trabajo. Atentos pues a este periplo de purificación liberadora, nutrido de realidad e imaginación, contado al ritmo de lánguidas tomas largas (no siempre plano-secuencias) que justifican la “falsedad” de sus crónicas y el tagline de la película: Experience a state of mind

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