Tuve la oportunidad de ver, en Netflix, Perdidos en la noche (2023), de Amat Escalante, en la que el joven Emiliano (Juan Daniel García Treviño) está obsesionado con encontrar a su madre activista, desaparecida tres años atrás en la localidad minera en la que viven. Una pista lo lleva hasta la casa y propiedad de una pareja, los famosos artistas Carmen Aldama y Rigoberto Duplás (Bárbara Mori, Fernando Bonilla), accionistas de una mina que vive conflictos por la presión del colectivo religioso-ambientalista de los Alushes. Emiliano consigue empleo en la residencia aludida, para en secreto investigar sobre su madre y buscar justicia…o cobrar venganza. Ahí también conoce a Mónica (Ester Expósito), la hermosa influencer hija de Carmen. Pero claro, la policía local, como siempre, está del lado de los poderosos con dinero, operando más como staff de la pareja que como instrumento de la legalidad. Perdidos en la noche es una película áspera, inquietante, absorbente, más bien latente, en la que –tema recurrente en la filmografía del director– la impotencia se hace “tumor” conforme crece. Un tumor que eventualmente conduce su dolor y denuncia a un explosivo desenlace catártico, definitorio, en cuyo camino (cual nos ha acostumbrado) Escalante consigue planos muy poderosos –algunos de rara, enorme belleza– que se tornan inolvidables, incluso más allá del impacto global del film. Sin duda, uno de esos títulos que resulta imposible descartar, te gusten más o te gusten menos.
Y bien, a la luz del comentario a Perdidos en la noche, cabe hablar en esta columna sobre otras cintas de Amat Escalante. Recuerdo Los bastardos (2008), su segundo largo, acerca de dos ilegales mexicanos buscando sobrevivir en Los Ángeles. La mirada evita dulzura o condescendencia alguna, además de que un giro violento aleja la narrativa del mero foco sociológico, dando paso a un nihilismo evidente. Sin actores conocidos, en su arranque recibió galardones y reconocimientos en los festivales de Bratislava, Mar del Plata, Sitges y Morelia, entre otros. Por su parte, Heli (2013) encamina su interés a una faceta de la situación nacional contemporánea, desde la historia de un joven que, acorralado por las circunstancias, intenta proteger a su familia. Presenta un panorama helado, violento, ante el cual la impotencia es el sentimiento automático. Sus elementos son México, una familia obrera, unas bolsas de coca, un grupúsculo de militares, un ajuste de cuentas y una probada de cómo se siente el miedo químicamente puro, alrededor de una delgada anécdota sustentada en el azar de una reacción tan impulsiva como torpe. Cinta difícil de enfrentar, por el tipo de eventos que le dan forma. Tan aterrador es el reflejo que, en su carácter de “espejo”, la película queda incluso en segundo término.
Finalmente, en La región salvaje (2016) un meteorito cae en Guanajuato, trayendo un amorfo ente tentacular. Cuatro personajes entran en juego: una joven madre reprimida (Alejandra); el hipócrita macho que la oprime (Ángel); el hermano de ella (Fabián), quien mantiene relaciones con Ángel, y la misteriosa joven (Verónica) que detonará los rumbos principales de la trama. Truncos, limitados los cuatro, todos tendrán que ver (con diferentes consecuencias) con el alien oculto, representación de lo más primitivo de existir y fuente del placer máximo, o de la mayor agonía, según el momento que te toque. La región salvaje es un film sobre la confusión de extraviarte en lo íntimo; sobre la violencia ejercida para reprimir; sobre la necesidad de buscar esperanza donde sea, cuando ya no existe donde solía estar. Un film, también, extraño, nuboso, difícil, en formas no buenas incluso para una película de la “marca” Amat Escalante. Además, hay inconsistencia en la efectividad de sus actuaciones –algunas se sienten azarosas– igual que en la recitada voz en off del hombre mayor que, de la nada, verbaliza una explicación de lo que el visitante significa en términos de pureza seminal primigenia. ¿Quién se anima a un ciclo El cine de Amat Escalante?