Nacido en Nueva York hace 39 años, Ari Aster inició carrera en el largometraje dirigiendo El legado del diablo (Hereditary; 2018), película que extrañamente yo no vi, o no recuerdo haber visto. Pero sí vi –y reseñé– sus dos films siguientes: Midsommar: el terror no espera la noche (Midsommar; 2019) y Beau tiene miedo (Beau is afraid; 2023). Rememoro aquí, en breve, lo que en su momento comenté de cada una…
En Midsommar, cuatro norteamericanos viajan a Härga, en la campiña sueca, para las festividades dedicadas al solsticio de verano por parte de una comunidad parecida a lo hippie. Encuentran música y gente amable, una geografía luminosa y un inspirador respeto por la naturaleza; pero también –para su incredulidad—encuentran horror, en la forma de inconcebibles rituales contra natura. Cinta brava, de horror atípico, espeluznante más por la connotación de los eventos que por lo que ves en ella (lo cual incluye al menos un par de giros alucinantes). Inmersos en el pretexto de las festividades, confluyen temas filosos: incesto; interrupción de la vida por el mero hecho de ancianidad; el concepto de familia extendida sobre el de familia sanguínea tradicional; la veneración del entorno como un valor mayor al de la vida humana, y más.
Por su parte, en Beau tiene miedo, el inseguro y aprehensivo cincuentón Beau –hijo único de una poderosa empresaria– vive solo, en el precario apartamento de un barrio de la peor calaña. A punto de viajar a visitar a su madre, una serie de desgracias se le echan encima; entre ellas, que su madre muere, pero el funeral será hasta que Beau esté presente. Así que Beau quiere llegar cuanto antes ante el féretro, pero tarda mucho por diversos giros y nuevos tropiezos. El frágil tipo se enreda en una odisea kafkiana, con sorpresas (una tras otra) que incluyen hasta una febril existencia alterna. Comedia, pero de tintes y eventos negros. Detona desde el siempre filoso asunto de las relaciones madre-hijo exacerbadas, pero a fin de cuentas resulta más una mirada cruda a una sociedad cuestionable, agresiva, decadente, en la que quienes peor la pasan son las almas frágiles/buenas/expuestas, que de varias maneras son marginadas por un entorno cada vez más violento y atemorizante. Aster eleva esto a niveles cuasi-maniqueos, con un humor frecuentemente torcido, presente tanto en los eventos “factuales” de Beau (los que en realidad le pasan) como en esos otros nacidos de la imaginación, de recuerdos y fumadas, que recurrentemente le asaltan en el despiadado berenjenal de infortunios que, lastimándole, alimentan la película.
Pues bien, ahora mismo exhibe –en salas– lo más reciente de Ari Aster: Eddington, que es el nombre del ficticio pueblo de Nuevo México en que transcurre, justo en 2020, a inicios del Covid-19. Joe Cross (Joaquín Phoenix), sheriff del condado, y Ted García (Pedro Pascal), alcalde de la zona, se enemistan seriamente a propósito de las medidas de seguridad y el confinamiento relativos a la pandemia. Eso, sin contar que en el pasado de García está un cierto affaire con Louise (Emma Stone), ahora esposa de Joe. En paralelo, el entorno se enrarece más aún con las crisis y furia desatadas, en todo el país, por la fatal agresión policiaca a George Floyd. Los medios informativos del mundo desbordan imágenes y juicios escandalosos, “reinterpretado” casi todo por redes sociales no siempre honestas (o desinformadas) que amplifican los principales rostros del momento (en especial las teorías conspirativas y el movimiento Black lives matter). Un caos, pues; tan rotundo y asfixiante que provoca en Joe desquicio, del que Ari Aster da rienda suelta a sus sellos de fábrica: la violencia gráfica, el horror delirante, el humor negro, armonizados en un oficio cinematográfico a ratos deslumbrante. Eddington no es fácil de reseñar, lo cual haré, a fondo, hasta verla por 2ª vez. Adelanto, eso sí, que la actuación de Phoenix es excepcional, conmovedora, en el rol de ese muy buen hombre al que le pasan muy malas cosas.