Sirat: el desierto como puente al paraíso o al infierno

Alfredo Naime
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Sirat: el desierto como puente al paraíso o al infierno

Alfredo Naime 

En Sirat, de Oliver Laxe, Luis (Sergi López) y su hijo preadolescente Esteban (Bruno
Núñez Arjona) buscan a la hija mayor y hermana Mara, de quien nada se sabe en los
últimos 5 meses. Especulando un posible paradero, se encuentran en el duro desierto
norafricano, en cercanías de Marruecos, en medio de una rave, uno de esos “happenings”
en los que cientos (o más) de personas se concentran para bailar interminablemente al ritmo
de música ensordecedora y al paso de psicotrópicos. Preguntan por Mara; nadie la ha visto,
pero les cuentan que habrá una nueva rave en poco tiempo, en otra zona del desierto. Así
que Luis y Esteban deciden unirse y seguir a un grupo de cinco ravers que van hacia allá,
con la esperanza de que, por fin, puedan dar con la joven. En ese trayecto –sumamente
complicado por la geografía, el sol despiadado y la inevitable merma de combustible y
recursos– padre e hijo van estrechando relación con ese puñado de marginales, después de
no ser bien aceptados en un inicio. Pero el destino, inexorable, les tiene preparados, a todos,
eventos insospechados; tan alucinantes y contundentes como ese desierto cruel, inhóspito,
si bien bellísimo. Un desierto que, a despecho de su inmensidad, bien simboliza la creencia
islámica del Sirat: “El peligroso puente, más delgado que un cabello, más filoso que una
espada, que toda persona debe cruzar el Día del Juicio Final, para entrar al Paraíso (los
fieles) o para caer al infierno (los pecadores)”. Sirat la película nos hace testigos de un
cruce conceptualmente similar, entre circunstancias y giros demoledores. Acompañamos,
de cierta forma, el juicio final particular de seres que, en su periplo, terminan avasallados.
Sirat es una road picture estremecedora, que puede quedarse en ti para siempre. De
inicio y principalmente, por la urgencia e impacto de sus eventos. También, por lo espectral
de su fotografía y por la singularidad de su puesta en escena, para un drama de personajes
que en la misma medida lo es de paisajes, de música, de construcción sonora toda, que con
acierto permean la descarnada violencia y belleza de un universo que desde el arranque
percibes inquietante, extraño, insondable. Esto se confirma en el momento en que hallar a
Mara deja de ser el núcleo del argumento, por dictados de un azar tan cruel, tan infame, que
literalmente no puedes odiarlo más. Un azar, además, tan traicionero, que decide repetir su
veneno en contra de Luis y el grupo varias veces más. El desierto se torna pues infierno,
con un Sirat-puente de ruta única: hacia el precipicio. Es a la luz de este entorno complejo,
caótico, que debe destacarse lo siguiente: si bien Sergi López (El laberinto del fauno) es un
actor connotado, sus compañeros de travesía –Jade, Tonin, Bigui, Josh, Steff, que son sus
nombres en la vida real– no son intérpretes profesionales, sino personas “de vida libre” que
se castearon en las calles. Hay que aplaudirles, puesto que brindan unas autenticidad e
inmediatez que son invaluables para la cinta de Laxe. Sirat obtuvo el Premio del Jurado en
el Festival de Cannes y está nominada al Oscar en las categorías de film internacional
(España) y sonido. Ahora mismo exhibe en salas.
En otro orden de ideas, llamó mi atención un poster en el lobby de Cinépolis
Angelópolis. Resulta que pronto va a estrenar el documental Melania, de Brett Ratner, en
torno a la First Lady Melania Trump y sus funciones en tan delicado rol (claro, porque no
ha de ser fácil convivir con quien convive a diario). Ya tuvo su premiere en el Kennedy
Center, pero poco se ha dicho al respecto. Ahora que, si de documentales se trata, les dejo
dos títulos que vale la pena buscar, para verlos: Mr. Nobody against Putin, de David
Borenstein y Pavel Talankin, sobre los dilemas éticos de la educación de los niños rusos
entre la propaganda militar en tiempos de guerra; y, El vecino perfecto, de Geeta Gandbhir,
que escala de un problema menor entre vecinos (de Florida) hasta consecuencias trágicas,
derivando incluso en nuevas leyes de autoprotección. Este último pasa por Netflix.

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