Como miembro de FIPRESCI –la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica– recién tuve ocasión de ver, entre otros documentales notables, Fiume o morte! (Croacia-Italia), de Igor Bezinovic, relativo a la ocupación en 1919, durante 16 meses, de la ciudad de Rijeka (Fiume, para los italianos) por parte del poeta Gabriele D’Annunzio, quien claramente fue también un militante fascista de guerra. El film es uno de los cinco finalistas rumbo a definir el Grand Prix de FIPRESCI a Mejor Documental del 2025. El ganador será anunciado en la ceremonia de apertura del Millenium Docs Against Gravity Film Festival (MDAG), el viernes 8 de mayo en Varsovia, Polonia. A poco más de 100 años de la febril, insólita acción militar de D’Annunzio, en Fiume o morte! el director Bezinovic (nacido en Rijeka) invitó a centenares de sus ciudadanos a revisitar, reconstruir y reinterpretar aquellos eventos, partiendo desde luego de fotografías y pietaje de archivo, pero incorporando además sus “versiones” modernas, filmadas –magníficamente, en los sitios originales– con un fresco, irreverente y hasta subversivo impulso lúdico, que no sólo torna gozoso lo que vemos, sino también hace saltar en pedazos los mitos oficialistas, presentando a la historia no tanto como eso mismo, sino más como un espectáculo bufo, o casi, en el que la política y sus egos quedan, cuando menos, evidenciados y cuestionados.
Y bien, después de ver Fiume o morte!, lo que quedó más claro en mi cabeza fue que jamás habría sabido de la ocupación de Rijeka de no haber tenido acceso al film. “Cuánto aprendemos del cine”, pensé. Sin dejar la butaca, te lleva a lugares e historias de gente, de eventos, de momentos. Eso absorbemos desde el cine: historias que valen la pena, en ficción o documental, que te enseñan cosas y por tanto te enriquecen; te hacen crecer. En mi caso, gracias al cine aprendí quién fue Oskar Schindler, que salvó la vida a más de 1,000 judíos durante el holocausto (La lista de Schindler). Igual, que en ámbitos de la mafia una Famiglia (en específico, la de los Corleone) simplemente te hace una oferta que no puedas rehusar, para obtener lo que desea (El padrino). Que la gran mayoría de las víctimas de la tragedia del Titanic no murieron ahogadas, sino por hipotermia (entre ellos, un tal Jack Dawson, arrogante jovenzuelo pasajero de la sección de 3ª clase; Titanic). Así también, que la amplia diferencia de edades puede no impedir una intensa atracción mutua, cuando tu alma necesita del bálsamo que son la compañía y el reconocimiento del otro (Perdidos en Tokio). Y sí, hasta aprendí lo que puede pasarle al planeta en caso de que venga hacia él un asteroide del tamaño de Texas (cuando no se tiene a Bruce Willis a la mano; Armageddon).
Por el cine aprendí también que es perfectamente posible conocer la insurrección republicana de París a través de canciones, si bien esos eventos de 1832 no precisamente se dieron cantando (Los miserables). Que existen relaciones de pareja en las que al menos uno de los dos piensa del otro: “No puedo vivir sin ti, pero no puedo vivir contigo” (Annie Hall). Que Romeo y Julieta habría sido comedia, no una tragedia, de no haberse enamorado Will Shakespeare –mientras la escribía– de Viola De Lesseps, una dama ya comprometida para casarse (Shakespeare apasionado). Que el amor –sea puppy love, amor juvenil, amor adulto o incluso amor maduro– a veces se encuentra pronto y bien, a veces pronto o bien, y a veces ni pronto ni bien (Realmente amor). Y finalmente –para no aburrirles más, dado que podría seguirme días con esto– aprendí que el cine es capaz de mostrar no sólo lo que sucede, sino también “lo que pudo suceder”. Como en la relación entre el (casi) último adorador del jazz sobre el planeta y una joven que lo odia –al jazz– en ese Hollywood en que soñaba “ser descubierta” (La la land). Eso sí, del cine se aprende estando; vamos: “por estar ahí”. Más que contar, el cine muestra; y lo hace en presente, porque el único tiempo verbal del cine es el presente. (Pero, ¿no estábamos hablando de Fiume o morte!?).


