La entrega 98 de los premios Oscar definió a Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, como mejor película del 2025; a Valor sentimental (Noruega), de Joachim Trier, como la cinta internacional más destacada, y a Mr. Nobody against Putin (Dinamarca-Reino Unido-Chequia), de David Borenstein y Pavel Talankin, como el mejor documental. En este espacio hablé de las tres en su momento, justo augurándoles un muy buen futuro durante la temporada de premios. Hagamos pues un poco de memoria, ahora que han recogido la codiciada estatuilla…
Una batalla tras otra se ubica entre el thriller político de acción y la comedia negra, a propósito de una pareja revolucionaria extremista de EEUU, a la que las cosas se le tuercen cuando el ejército recibe la orden de buscarles y de extinguir a su grupo. Vienen pues huida y cambio de identidades, para una “nueva vida” clandestina que no acaba de resultar bien. Película superlativa, de muchos y evidentes méritos, cuyos temas nucleares (cuestionados, claro) son el supremacismo blanco, la represión sobre migrantes, los abusos policiacos y militares, así como, en lo global, todos esos rasgos de nación que se han vuelto flagrantes con Trump. La realización es impecable –la fotografía, el montaje, el diseño sonoro, son impresionantes– considerando la complejidad y el detalle de varias de sus secuencias. Entre ellas sobresale la genuinamente alucinante persecución en carretera del clímax: un caleidoscopio de suspense, expectativa, vértigo y riesgo, a lo largo de valles y crestas de asfalto. Está llamada a convertirse en clásica. Un film “sobre cómo lo que hacemos y en lo que creemos cuando jóvenes, puede perseguirnos por el resto de nuestras vidas”, según descripción del propio director Anderson.
Valor sentimental parte del revuelto entorno de una familia de artistas con pasados dolorosos, a partir de un padre mayormente ausente que, inopinadamente, regresa a casa. Afloran pues los resquemores, las tensiones, los recuerdos –confusos, evidentemente– de un clan fracturado. Así las cosas, ¿qué sigue, hacia dónde, con qué pronóstico? Film de muchos méritos, en especial relativo a los compromisos y vínculos de familia, de cuyas fortalezas y debilidades desprenden aristas varias: status emocional, hondura de la (inter)comunicación, los rumbos de cada integrante y, por ende, la calidad y resonancia de la convivencia. Trier ventila esto al interior de un clima marcado por el arte y los impulsos que lo rodean y estimulan. De ahí que (tal vez inconscientemente) es a través de la expresión artística que los personajes se enfrascan en procesos de comprensión, expiación, redención, purificación, que resultan esenciales para, en lo posible, trascender sus fantasmas y seguir adelante. Las actuaciones son de muy altos vuelos, con el personaje de Elle Fanning, Rachel –frágil dentro de un proyecto que no acaba de entender, en un entorno al que no pertenece– siendo tanto balance como “desequilibrio” de lo que el arte (no la vida real) detona y permite. Un film reflexivo, identificable, compasivo incluso.
En Mr. Nobody against Putin el don-nadie del título es Pavel Pasha Talankin, un joven profesor ruso del pequeño pueblo de Karabash, que graba (al final en secreto) cómo su escuelita primaria fue obligada a virar sus programas hacia una “educación”(?) de propaganda bélica, en justificación de la agresión armada a Ucrania. Vamos: en la práctica, la conversión de la escuela en un centro de reclutamiento militar, supervisada por soldados en las aulas. Testimonio inesperado, sobresaliente, doloroso, sobre los vigentes dilemas éticos de los educadores rusos en tiempos de guerra, ante la mentirosa propaganda militar ordenada por el régimen. Un film que deben ver los líderes mundiales; Trump en especial. Uno infiere que Talankin sigue vivo sólo porque pudo huir de Rusia en el verano de 2024, con ayuda del codirector Borenstein y otros. Actualmente vive exilado en Europa.


