Ahora que tanto se habla de los 25 años de Amores perros, el año pasado –de manera algo injusta– se nos pasaron los 10 de otra cinta relevante de Iñárritu. Me refiero a Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), ganadora del Oscar a mejores película, dirección, guion y fotografía. Se filmó en Nueva York con presupuesto de 18 millones de dólares y la protagonizaron Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Naomi Watts, Amy Ryan y Zach Galifianakis. Fotografiada por Emmanuel Lubezki, aparenta ser una única toma larga de 119 minutos. En su momento, cosechó encendidos elogios; estos, por ejemplo: “Un triunfo en cada nivel creativo, del casting a la ejecución” (Peter Debruge, de Variety) y “Bordea lo milagroso” (Jessica Klang, de The Playlist). Inicia con un cometa flamígero surcando los cielos, e inmediatamente después, con Riggan Thompson –el protagonista– levitando en medio de su oficina, en posición zen (o algo así). En diversos momentos es molestado/interpelado por su alter-ego: un hombre-pájaro jodón, escéptico y burlón.
Riggan es actor. Archiconocido, porque décadas atrás interpretó en tres películas a Birdman (de ahí lo del alter-ego), un superhéroe de comic. Pero cuando le dijo “no” a Birdman 4, su vida entró en tobogán. Por eso el tipo está empeñado en un “regreso”, por la vía de la adaptación escénica de What we talk about when we talk about love, de Raymond Carver, a punto de estrenar, en la que dirige y actúa. Porque Riggan no se resigna al olvido (vamos, a tornarse irrelevante). Percibe que la pieza –en la que ha invertido cuanto tiene– posee lo necesario para su regreso a la “importancia”. Pero todo comienza a ir mal, tanto en los ensayos de la obra como en la parte relacional: se queda sin dinero, se confronta con su hija adicta, con su abogado y mejor amigo, con su nueva pareja, con una crítica de teatro arpía y poderosa, y con un actor sustituto ególatra, al que recluta después de lastimar intencionalmente al pésimo actor original. Pero “el show debe seguir”; y en ese trámite, Riggan quema sus naves: ya sin vuelta atrás, reduce todo a matar o morir.
¿Sobre qué trata Birdman en cuanto a tema? No sobre el mundo del teatro, como alguien dijo, sino sobre el “teatro de la vida” y el genuino impulso de pertenecer a él. Con la adaptación teatral que intenta, Riggan quiere gritar que aún existe –por sí mismo, listo a trascender– si bien ya no metido en el asfixiante traje heroico de 20 años antes. Sin duda interesante, Birdman también desconcierta en algunos puntos. Entre ellos, que ciertas cosas pasen “porque sí”, o eso parece por falta de indicios más puntuales. Además, que Iñárritu haya elegido como recurso narrativo ese largo plano-secuencia aparente, cuando el tiempo interior del argumento es de varios días (algo así como viajar en el auto más veloz, cuando lo que quieres es llegar tarde). No obstante, es palpable el depurado dominio de su oficio fílmico; tanto, que hasta parece que el Negro se solaza en él no para narrar la historia de ese actor en busca de reencuentro, sino más bien para contar su propia historia: la del realizador evolucionado que ya filma tan fregón que incluso pone en segundo término eso que filma.
Como sea, sumados y valorados todos estos rasgos –sopesados en un balance– Birdman se ofrece como una experiencia cinematográfica imperdible, más allá de que pueda no ser unánimemente aceptada (sobre todo por la gente “de cine”, a la que a veces intimida de más algún film con rangos inesperados de calidad e innovación). Pero es muy claro: en paralelo a sus (muchos) alardes, el film canaliza de manera sobresaliente su apuesta y termina por ofrecer un show total, oscilando entre la comedia negra –lo menos importante– y la oda (o algo parecido) a la urgencia de vivir con plenitud. Han pasado pues 11 años ya, desde que aquel (ex) hombre-pájaro se empeñara en volar de nuevas maneras, en una película que contiene el siguiente diálogo revelador… (Lesly, llorando): ¿Por qué no puedo tener mayor autoestima? (Y Laura, consolándola): Cariño…¡porque eres una actriz!

