Hamnet, de Chloé Zhao, abre con un letrero que nos hace saber que, en la Inglaterra del siglo XVI, “Hamnet” y “Hamlet” fueron el mismo nombre. Estamos en los bosques de Stratford y conocemos a Agnes (Jessie Buckley), joven lugareña a la que se atribuyen facultades de sanadora y vidente, pero también venir de una estirpe de brujas del bosque. Will Shakespeare (Paul Mescal), tutor de niños y escritor incipiente, se prenda de ella desde el primer momento. Agnes ve en él más que en cualquiera otro hombre que haya conocido y eventualmente se casan, con ella encinta. Con el tiempo son padres de Susanna, igual que de los gemelos Hamnet y Judith, cuyo amor y cercanía son enormes. Para entonces, Will ya pasa la mayoría del tiempo en Londres, buscando trascender como dramaturgo, tras de sentirse trunco, sofocado, en la “provincialidad” de Stratford. Gradualmente alcanza celebridad y éxito, en medio de lo cual golpea el destino: la peste les arrebata al pequeño Hamnet, frente a lo cual Agnes aparece sometida: como vidente no lo vio venir –o malentendió referencias– y como sanadora, sus recursos no alcanzaron. Los Shakespeare quedan pues heridos, fracturados, lacerados; expuestos al dolor más insoportable. Un status para el que no están preparados –nadie lo está– y Agnes menos que nadie. Se les echa encima una nueva historia, abanderada por la tristeza y confusión de todos (¿en dónde está Hamnet?) y, esencialmente, por los reproches de Agnes a su marido (¡me dejaste sola y no estuviste al lado de tu hijo!). El dolor sin perspectiva hace todo resquemor y dudas. Lo connatural es buscar fuerza y entereza para no congelarte en vida, pero justo cuando fuerza y entereza son lo que más falta. Con su matrimonio en el umbral de la ruptura, Will regresa a Londres, en donde escribe y estrena Hamlet, de la cual Agnes nada sabe. Inopinadamente, del papel y tinta de esa obra surgirá el cauce hacia la aceptación, la reconciliación y la paz imprescindibles para recomenzar y seguir adelante.
A pesar de la tristeza y dureza de todo esto; de enfrascarse de lleno con nuestra fragilidad, con lo inesperado/incomprensible, con las aristas insufribles de la pérdida y el duelo, Hamnet está realizada con sensibilidad y humanidad tales –y con una suerte de sutil misticismo que no deja de ser mágico– que la hacen una película muy especial. Su historia, ficción en buena parte, aterriza al Shakespeare leyenda; su hondura va a la par de su belleza; su pensamiento, de la mano de los sentimientos; y su conclusión, relativa a la trascendencia de la creación artística, ofreciendo la incontestable certeza de que sanar, cicatrizar, son incluso poderes que están en ella, en el arte. Las fortalezas de Hamnet para conseguir esto son diversas. Principalmente: una actuación sobrenatural (si cabe decirlo), de Jessie Buckley; un guion escrupuloso, contenido, de Chloé Zhao y Maggie O’Farrell, originado en la novela homónima de O’Farrell; la convencida, tersa dirección de Zhao, que traduce en momentos en verdad conmovedores; y desde luego, el diseño de producción, que moldea la autenticidad espacio-temporal del universo del film, a cuya atmósfera mucho suma la música de Max Richter. Con eso y lo demás que construye su mirada, el impacto de Hamnet es mayúsculo, innegable, incluso agradecible en cuanto a su sentimiento final, que –aunque no luminoso– es el de un optimismo sereno, por fin consciente, impreso en esa postrer sonrisa que lo dice y define todo. Véanla; y de ser posible dos veces, a fin de descubrir a fondo el rango completo de los detalles y sutilezas de su meditación.
A manera de complemento, recuerdo al lector que Chloé Zhao dirigió Tierra de nómadas (Nomadland; 2020), Oscar a mejor película de aquel año y que también significó a la nacida en Beijing la estatuilla a mejor dirección. Ahora, resultado de Hamnet, Zhao se convierte en la segunda mujer nominada más de una vez al Oscar por dirección. La primera fue Jane Campion, por El piano (1993) y por El poder del perro (2021).


