Por lo que más se ha mencionado a Si tuviera piernas te patearía (If I had legs I’d kick you), de Mary Bronstein, es por la actuación de Rose Byrne en ella, que ya le significó el Globo de Oro y la tiene aspirando al Oscar. En la película interpreta a Linda, madre y psicóloga que atraviesa una crisis emocional peligrosamente al borde de cualquier límite. Vean si no: cuida y se preocupa por su pequeña hija enferma –durante un tratamiento que la mantiene atada a sondas de alimentación– al tiempo que una parte del techo de su apartamento se desploma (por una inesperada humedad), obligándola a mudarse con la niña a un hotel de medio pelo. Afronta sola lo anterior, puesto que su marido lleva semanas ausente por trabajo. Además, en medio de un stress que la induce a una etapa de insomnio crónico, sus terapias marchan de mal en peor: tanto las que imparte –dándose cuenta de que cada vez ayuda menos a sus pacientes– como esas que ella recibe de un colega amigo, explotando en alguna al sentir que no recibe ni simpatía ni apoyo. Para colmo, de la nada Linda debe ocuparse de un bebé abandonado, mientras que nada de lo que relato mejora o progresa; en especial, el tratamiento de su hija, a quien nunca vemos pero escuchamos. Y cuando Linda habla por teléfono con su marido, él más parece fastidiado que empático. Es demasiado ya para Linda; así pues, no sorprende que gaste sus insomnes noches bebiendo, fumando, comiendo e incluso escapando del hotelucho, aún sabiendo el riesgo que implica no estar al pendiente de la pequeña. No obstante, al fondo de su bruma personal, un postrer rayo de lucidez (y su instinto materno, claro) reanimará algo parecido a la esperanza.
Si tuviera piernas te patearía es una cinta cuyo núcleo es el desgaste de la salud mental, explorado (para mayor ironía) en un personaje teórica y prácticamente entrenado para entenderlo y controlarlo. En las relaciones y situaciones de ese universo, el trabajo de Byrne como Linda es superlativo, ajustándose a los cambios tonales que oscilan de los avatares de una suerte de comedia obscura, al agotamiento y sacudidas de una rutina sin futuro visible, a la asfixia de un drama más individual que de familia, marcado, exacerbado, por decisiones crecientemente equívocas…por desesperadas. Todo esto, permeado de deja vus, recuerdos y figuraciones febriles que más y más desestabilizan a Linda. Es en este planteo, en estos escenarios y contexto, que Si tuviera piernas te patearía opera y funciona. Pero igual se percibe que le falta sutileza, contención; cierta mayor delicadeza que, sin restar a la precariedad emocional de Linda, evite –o al menos matice– el sentimiento de que eso que vamos viendo se hace reiterativo, lo cual al paso también deriva en un cierto agotamiento mental que no tiene que ver con el de la protagonista. Así y todo, se trata de una cinta que merece ser vista por la actuación de Rose Byrne, sin duda la mejor de su filmografía. Presente en todas las escenas, hace una Linda cambiante en los diversos rangos imaginables: firme, confundida, vulnerable, decidida, cercana, distante, temeraria, y mucho más. ¿Ganará el Oscar este domingo 15? ¿Se lo arrebata a Jesse Buckley (Hamnet)? Sea lo uno o lo otro, no se pierdan su gran desempeño, parteaguas definitivo de su carrera.
Y ya que mencioné el Oscar, lo de cada año es que estemos muy pendientes de los largometrajes, sin conceder a los films cortos la importancia que tienen, ni la atención que merecen. Corrijamos esto un poco. En Netflix pueden ver uno de los cortos de ficción nominados: The singers (EEUU), de Sam A. Davis, adaptado de un cuento ruso del siglo XIX. Transcurre en un bar, entre un puñado de clientes desgastados por la edad, la soledad y las memorias de guerra. Cuando uno vocifera que puede cantar mejor que cualquiera, sólo por desmentirlo se abre una competencia: 100 dólares y una cerveza gratis para el mejor cantor de esa velada entre rudos bebedores añosos. Todo lo que pasa a continuación es maravilloso. Un corto entrañable que vale oro en cada uno de sus 18 minutos.


