Antes del tema central de hoy, un aviso parroquial. Mientras escribo esto (a media semana) sigue en exhibición, en salas, la gran ganadora del Festival Internacional de Berlín 2025: la película noruega Sueños (sexo, amor), de Dag Johan Haugerud, relativa a Johanne (Ella Overbye), una joven que escribe vehementemente –y con sorpresiva calidad– sobre el intenso amor que siente por su profesora de francés. Esta cinta es la 2ª entrega de lo que se ha dado en llamar La trilogía de Oslo del director Haugerud (distinta a la más conocida de Joachim Trier). Las cintas 1 y 3 son, respectivamente, Sexo y Amor. Así pues, vale mucho la pena acercarse a verla, antes de que nos jueguen la mala pasada de retirarla de cartelera. Allá en Berlín, Sueños (sexo, amor) no sólo obtuvo el Oso de Oro –el premio principal–sino por igual el prestigiado Premio FIPRESCI, de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica, así como el Guild Film Prize, otorgado por la Asociación Alemana de Salas de Arte. Por cierto, las tres películas mencionadas se produjeron en 2024.
Por otra parte, seguro son pocos los que se han dado cuenta de que El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, está cumpliendo 20 años. Sin ninguna duda es una de sus películas más redondas –la más madura hasta aquel momento– que capitaliza hábilmente, sin hibridez alguna, al cuento de hadas, a la violencia del thriller adulto y a las consecuencias represivas de la guerra civil española, recién concluida, para narrar una atípica fábula de inocencia y brutalidad, de atmósfera y detalles inesperados. De hecho, así se la presentó desde su evocativa frase publicitaria: La inocencia tiene un poder que la maldad no puede imaginar.
El laberinto del fauno transcurre en 1944, en una zona rural norteña de la España franquista. Hasta allá llega, embarazada, Carmen (Ariadna Gil), a encontrarse con su nuevo marido, Vidal (Sergi López), sin sospecha de cuán sanguinario es como líder militar. Con ella llega su hija preadolescente Ofelia (Ivana Baquero), quien descubrirá en la propiedad un laberinto subterráneo en el que habita un fauno. Por él sabrá que ella en realidad es una princesa reencarnada, llamada a superar tres pruebas para, entonces, ganar su derecho a regresar hasta donde su verdadero padre y gobernar –con él– su mágico mundo original. Entre tanto, en el contexto del otro mundo (el de la superficie) la represión de Vidal sobre los rebeldes ocultos en la montaña se hace aún más cruel, detonando una violencia insostenible. Ofelia oscila pues entre los polos de lo sobrenatural y lo terrenal, de lo fantástico y lo real, de la bondad y la barbarie, siguiendo los dictados del extraño fauno: un ser por igual ambivalente, en el que Ofelia decide confiar, a pesar de sus dudas.
El argumento anterior, en manos inhábiles, bien pudo bordear el desastre. Pero la pasión de Del Toro por lo sobrenatural, su sentido para extraer de ello esencias significativas, más un oficio cinematográfico ya consolidado para entonces, hicieron de El laberinto del fauno una de las mejores películas de aquel 2006, local e internacionalmente. Es al mismo tiempo interesante, entretenida, sugerente, conmovedora; mucho que presumir para casi cualquier narrativa de valor, esté signada o no por el nombre de un creador resonante. Y se dijo dos décadas atrás: un claro motivo para congratularse, tan ávidos como siempre estamos en México de auteurs verdaderos, que ofrezcan a los cinéfilos de todas partes una mirada fresca y diferente de lo que nuestro cine puede conceptuar y entregar.
Cual sabemos, El laberinto del fauno fue reconocida con el Oscar: a fotografía (de Guillermo Navarro), dirección de arte (de Eugenio Caballero) y maquillaje (de David Martí y Montse Ribé). Causó decepción, sí, el que no obtuviese la anhelada estatuilla a film en lengua extranjera (Hollywood prefirió Las vidas de otros, de Alemania). Y por cierto: la aportación de la entonces doceañera Ivana Baquero para los logros del film, es enorme.


